Walter Frankestein tenía 14 años cuando un agente de la policía fue al orfanato judío donde vivía en Berlín y les dijo a los chicos que se fuesen de inmediato porque “iba a pasar algo malo esa noche”. Caía la tarde del 9 de noviembre de 1938. Al anochecer, se trepó al techo del orfanato y vio incendios en la ciudad.
“De inmediato supimos que estaban quemando las sinagogas”, relata. “Al día siguiente, cuando tenía que ir a la escuela, había vidrios rotos, brillantes, por todos lados en las calles”.

Frankenstein, quien hoy tiene 94 años, estaba describiendo la Kristallnacht –la Noche de los Cristales Rotos– en que los nazis, incluidos numerosos ciudadanos comunes, aterrorizaron a los judíos de Alemania y Austria. Mataron a al menos 91 personas y destruyeron 7,500 negocios de judíos. También quemaron 1,400 sinagogas, según el Yad Vashem, tal vez el museo del holocausto judío más importante del mundo, con sede en Jerusalén.
Unos 30 mil hombres judíos fueron arrestados, muchos llevados a campos de concentración como los de Dachau o Buchenwald. Cientos se suicidaron o murieron como consecuencia de los malos tratos recibidos antes de que comenzasen las deportaciones masivas oficiales.
En medio de las conmemoraciones del 80mo aniversario de esa persecución, Frankestein regresó al sitio donde presenció la violencia desatada contra los judíos siendo adolescente.
Uno de los pocos sobrevivientes que quedan al holocausto y ayudado por un caminador, Frankenstein se acercó a paso lento al sitio que alguna vez ocupó el orfanato Auerbach’sches Waisenhaus. Su memoria está intacta y recuerda con exactitud todo lo que pasó.
