Vida de claustro

Quince monjas de clausura residen en el Monasterio de la Visitación de Santa María, ubicado en Las Cumbres.

Vida de claustro
Vida de claustro

El silencio impregnado en un jardín solitario se magnifica ante una imponente capilla de sobresalientes estatuas que parecen vigilar al primer intruso que se aproxime al santo lugar.

Antes de atravesar el letrero forjado en hierro, que deja clara la entrada al Monasterio de la Visitación de Santa María, ubicado a un costado de la vía El Peñón de Las Cumbres, ninguno de esos muros podría advertir de la presencia de 15 monjas de clausura que pasan sus días dedicadas a la oración constante.

Al avanzar hacia el vestíbulo de la estructura, un patio interno techado e iluminado naturalmente recibe al visitante. Es el preámbulo a la capilla y al locutorio, este último está acondicionado para el intercambio entre el mundo exterior y las 15 religiosas (10 consagradas y otras 5 en formación) que han renunciado a sus familias, a las pertenencias materiales y a los lujos de la vida moderna para reverenciar con su trabajo y oración a Dios.

En el locutorio, una reja metálica diseñada en cuadrantes es la barrera inmediata que divide su mundo del resto. “No podemos atravesar este límite por mandato papal”, explica la hermana Margarita María, que tiene 22 años en la orden y es la actual encargada de guiar a las novicias que la rodean hacia la consagración.

Cualquiera que cruce la frontera estaría ganándose como “sanción” la excomunión oficial del Vaticano, advierte la monja, distinguida del grupo de aspirantes por su capa negra que le corona la cabeza y denota ante la comunidad la profesión de sus votos de obediencia, castidad y pobreza.

Pero aquella reja pronto queda siendo solo un simbolismo, porque las novicias con destellos en sus pupilas se aprestan a contar las bondades que la estadía en el sitio les aporta a su formación espiritual y contemplativa. Con cada rezo, letanía o laude, ellas aseguran el bienestar de miles de misioneros, sacerdotes y hasta almas olvidadas.

No importa para quién sea el provecho, lo que importa es que la contemplación constante surta los frutos necesarios. Al fin y al cabo sus faenas cotidianas son ofrendas que se elevan en secreto para agradar a Dios.

Sostener una comunidad religiosa requiere de un equilibrio, un ecosistema basado en la distribución de las labores, en donde por muy dura que sea la tarea no cesa la oración.

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