La Vinoteca

De 10 platos que probamos, solo a uno le encontré un ´pero´. ´Bravíssimo´ don Rafael.

Con sonrisa de cara completa y brazos extendidos fue que me encontré al chef Ciniglio recibiendo a sus clientes la noche que visité La Vinoteca, en el antiguo Takeout de Las Américas.

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La Vinoteca

Es pequeñín, tiene un total de 10 puestos en la terraza, 32 en el saloncito principal, donde también hay una simpática barra equipada para servir cualquier coctel que se desee, y un reservado para ocho.

Barra aparte, el fuerte, como lo indica el nombre, es el vino y sus maridajes. Para este fin, Ciniglio tiene siempre entre ocho y 12 botellas abiertas para consumir por copa. En el menú, que originalmente iba a consistir únicamente de tapeo, pero que a petición del público ha ido creciendo, con productos de pastas y platos fuertes, se indica qué tipo de vino se recomienda para cada platillo.

Entrando en materia, nos recomendaron la ciabatta con cebolla confitada, que trae unos tuquitos de panceta bien desposeída de su grasa, quedando así los tuquitos de magro que hacían rico juego de sabor y textura. También pedimos el paté de la casa (muy bueno, muy clásico, muy campestre) con pasitas en medio del cerdo troceado, y cornichons para acompañar.

En otras instancias nos encontramos con trocitos de chorizos o panceta, como por ejemplo, en los cecci All´arrabiatta, que aunque están en el sector contorni, sirven perfectamente bien de antipasti.

Los garbanzos están firmes, pero impregnados de los sabores de la salsa de tomate, bien condensada, con sus especias y los trocitos de chorizo y panceta; las almejas al ajo se deberían llamar al caramelo, porque la salsa está reducida, y a los ajos solamente les falta un envoltorio de celofán, ya que es como meterse un bombón en la boca, de lo dulces y suavecitos que están. Un ¡wao! y un suspiro.

Después de este festival de caramelización, llegó la ensalada de lechuga, gorgonzola y nueces, aderezada sencillamente, y fue un alivio no encontrar frutas secas por una vez. En realidad, fue un caso de alineación astral, porque no lo hubiésemos podido planear.

El último antipasti fue un escabeche de corvina a la veneciana, con cebollas, ajos, pasitas (rico toque) y vino blanco, que sí me pareció, francamente, demasiado oleoso. Sentía los labios impregnados de aceite, lo que me echó a perder la experiencia.

Entre las pastas, nos interesaron unos agnolotti rellenos de ragú de costillas de res al Chianti, cuya salsa era un demiglace de la cocción del relleno. Un toque de parmesano y listo.

Estábamos a punto de explotar, pero como no había ningún objeto cortopunzante nos lanzamos a pedir una entraña, que pedimos sin contorni y compartimos. Impecable res, impecable cocción, “impe” todo.

Y entonces... se nos olvidó que habíamos pedido postre, y nos comimos el tiramisú de Rafa que estaba excelente: más firme que asopado y no muy dulce.

Pero luego vino el otro postre (sí, oink oink), una copa de helado, con chocolate blanco, fresas y chantilly. Y yo que ya había bajado un par de libras. Pero la comida lo valió. Dixit.

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