Brasil está hastiado de él mismo. Construyó un nicho fascista, por la derecha, frente a la carestía económica, la inseguridad y la corrupción: Bolsonaro, con un expediente de comportamiento antiderechos.
Nuevo experimento.
La historia se echa al zar, se las ingenió para sacar del lugar al reemplazo, y posesionó a un amante del vodka: Yeltsin. Madre historia es sorprendente.
Brasileños experimentaron su dictadura militar por 21 años, desrepite en espiral; se repite en péndulo. Quien luchó para 1964. 21 años duró la de Panamá. Habrá que comprar unos billetes con esos dígitos. Desde que empezó la democracia, probaron de todo: mucho centrismo por la derecha, por la izquierda. Banda izquierda, con el petismo (Partido de los Trabajadores), que reunía un avispero de una veintena de corrientes, incluso ultras.
Los megaescándalos que minaron los recursos de la megaempresa estatal de petróleos Petrobras Lava Jato (traducible como lavado a presión) fulminaron el experimento por la izquierda, con su carismático líder Luiz Inacio Lula da Silva, cuyo gobierno sacó de la pobreza a 30 millones de los 200 millones de habitantes de ese gigante país.
Surge este capitán militar retirado, que ha sido diputado federal por cinco lustros: Jair Bolsonaro, carioca. Comparable a Chávez por la derecha y, como Chávez, que era teniente coronel, mimado por los militares. Su candidato a vice es el general retirado Mourao y las Fuerzas Armadas están expectantes y en la retaguardia. Bolsonaro ha reunido en torno a su figura a la derecha, ultraderecha y centro. Es el favorito para el balotaje del 28 de octubre frente al candidato Fernando Haddad, exalcalde paulistano, incombustible y abanderado de la izquierda petista, en decadencia.
En el periodo democrático, que se inauguró en 1985 con el presidente José Sarney, se ha probado de todo, desde el espectro partidista e ideológico. Por las urnas hay un retorno a la ideología más ortodoxa de los cuarteles. Mal augurio; quien resultó electo para presidente, Tancredo Neves, falleció antes de posesionarse, y le tocó a su suplente Sarney la presidencia, en el Palacio de Planalto, Brasilia.
Brasil crecía más del 7.5% por año y nadaba en el optimismo hace pocos años, cuando era sede olímpica y de la Copa de fútbol. Hoy se enfrenta a una crisis económica, política e institucional sin precedentes.
El Museo Nacional, en Río, fue devorado por las llamas. El quinto museo en su género en el planeta. Se perdieron evidencias de la existencia del hombre americano de miles de años.
Mientras afina el poder político, Bolsonaro, que no ahorra expresiones machistas, homofóbicas, prorrepresión, el líder anterior, que llegó a ser el presidente más querido, Lula da Silva, pasa sus horas en una celda acusado de aprovecharse de una constructora corrupta.
El PIB no crece. El paro lleva subiendo desde 2013. La violencia en los barrios escala. Cuando la selección alemana le zurró a la brasileña 7 a 1 en la semifinal del Mundial de 2014, los brasileños vieron la paliza como otra imagen en el espejo y no como un partido de fútbol.
Es la hora de Bolsonaro.
El autor es periodista y docente