Un reformado cementerio de rocas ahora es el hogar de mariposas nativas en Cerro La Vieja, una comunidad separada de la cabecera coclesana, Penonomé, por 29.7 kilómetros.
El mariposario, bautizado con el homónimo del poblado Cerro La Vieja, fue levantado por los biólogos Samuel Valdés y Marelys Torres hace ocho meses, quienes reacondicionaron el conjunto de enormes piedras, creando un sendero amurallado y sembrando variadas plantas de beneficio para alimento y descanso para las frágiles voladoras.
Las piedras lucen perfectamente ordenadas en la recreada estancia. Las rocas originalmente fueron desechadas durante la construcción de la carretera que se interna a la campiña penonomeña, cayendo en bandadas tras explosiones sobre el lote que ahora acoge a las aladas.
No es la primera vez que la pareja de biólogos transformaría un sitio hostil para un proyecto de vida insectaria.
El terreno del Mariposario Metropolitano, por ejemplo, en la capital panameña, utilizado durante la ocupación norteamericana para campo de tiro, fue reestructurado por la pareja de científicos y a la fecha hospeda con éxito a otros 400 lepidópteros, como suelen llamarles los científicos a las mariposas.
En una ladera del Cerro La Vieja nacen y se multiplican las Búhos, Morpho Azules y Adelphas, tres de las 30 especies existentes en el espacio conservacionista de mil 200 metros cuadrados, protegido del cielo abierto por mallas de polisombra, para evitar así que las frágiles criaturas sean presa fácil de las aves y otros depredadores.
Cerro La Vieja, ubicado en el corregimiento de Chiguirí Arriba, es escenario de una leyenda indígena.
La tradición oral indica que el caudillo liberal Victoriano Lorenzo, durante la Guerra de los Mil Días, daba tregua a la batalla encontrándose con su amada (La Vieja) en estos parajes verdosos. Así como el cholo Lorenzo, las mariposas también han hallado un remanso donde vivir sus días en paz.
Conozca cómo el mariposario impacta de forma positiva en la vida comunitaria.
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