Después de muchos años de saber que, a Guillermo Andreve, gran promotor de la cultura en nuestra recién nacida república, se le había suspendido la subvención mensual que el gobierno le otorgaba a la revista El Heraldo del Istmo, dirigida por él y que el motivo fue un artículo de su autoría titulado La Mujer Seria, decidí volver a leerlo con toda atención.
El escrito fue publicado en la mencionada revista el 15 de julio de 1906 y dedicado a su gran amigo Ricardo Miró, cuyo poema Espumas aparece en ese mismo número. La Mujer Seria trata de amigos jóvenes y solteros que aman la vida, la belleza, el amor y las aventuras amorosas, el baile y la conversación sobre la conducta de mujeres, en este caso la discordia entre dos muy adorables. Podríamos decir que el tema es algo ligero, lejos de la profundidad de muchos escritos de Andreve y un tanto audaz en temas relacionados con las relaciones entre ambos sexos. En esencia, nada que pudiese motivar la reacción del gobierno, salvo por un error que, a nuestro juicio, siendo de carácter tipográfico, no fue corregido por el autor que en sus años mozos había aprendido ese oficio, hoy inexistente por las nuevas tecnologías. El párrafo que seguramente causó la suspensión del subsidio expresa lo siguiente: “Yo me sentía atraído por la belleza esplendorosa de esta mujer y experimentaba al verla vagos deseos de cosas no bien determinadas que irritaban mi orgasmo de una manera violenta”.
Como es obvio, lo que quiso expresar Andreve fue que los deseos irritaban su organismo, con lo cual al resultar mal escrita la palabra, le dio un significado que no era el que quiso expresar el escritor. También es posible que algún lector más suspicaz pueda encontrar una frase que en aquellos tiempos pudo ser tachada de irreverente o irrespetuosa con el clero: “Pero es lo cierto que Raúl le demostró que a pesar de hacer versos procede con toda la audacia de un clérigo, que es el más audaz de los enamorados”.
No olvidemos que las pocas escuelas públicas existentes en Panamá en 1906 eran atendidas por personal eclesiástico y que en 1910 el primer rector del Instituto Nacional, Justo A. Facio, renunció debido a la presión social originada por las nuevas corrientes educativas de libre pensamiento que se aplicaban en dicho plantel. Si las razones que esgrimió el gobierno en la resolución que suspendió el apoyo, rubricada por el presidente Amador Guerrero y firmada por el secretario de Instrucción Pública Melchor Lasso de la Vega, hubiesen encontrado fundamento en los “sanos principios de la moral” y en su deber de evitar la publicación de artículos “depresivos por lo mismo, del pudor”, en Panamá no se habrían podido leer ni en las bibliotecas ni en los centros superiores, que eran las entidades destinatarias mensualmente de 25 ejemplares de la revista, novelas como Naná de Emile Zola, Fortunata y Jacinta de Pérez Galdós ni Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán.
En 1912, Guillermo Andreve fue nombrado secretario de Instrucción Pública por el presidente Belisario Porras, cargo que ejerció durante seis años. Publicó una nueva revista, la Biblioteca de Cultura Popular, con la cual contribuyó enormemente al conocimiento de la literatura nacional y universal.
Creo que la suspensión del subsidio, que era de 150 pesos mensuales, al Heraldo del Istmo y que había sido acordado en la Ley 35 de 1904, le produjo más daño que beneficio al gobierno, pues los analistas de ese entonces interpretaron que se había tratado en realidad de un castigo a Guillermo Andreve porque su pequeña empresa, Chevalier, Andreve y Compañía, editaba además de la revista mensual El Heraldo del Istmo, de carácter cultural, un semanario político titulado EL Combate, dirigido por Nicolás Victoria Jaén, que formulaba críticas al gobierno. No olvidemos que el país afrontaba las primeras elecciones de diputados que integrarían la Asamblea Nacional y lo más probable es que la invocación a los principios de la moral en realidad fue el intento de encubrir un acto de carácter político. Pueden darse diversas interpretaciones de la injusta resolución del Ejecutivo contra El Heraldo del Istmo, pero lo cierto es que, si el motivo fue el error tipográfico del editor, ello no justificaba en manera alguna el error en que incurrió el gobierno mediante un castigo económico que fue criticado en Panamá y en otros países donde se leía la revista dirigida por Guillermo Andreve, miembro fundador de la Academia Panameña de la Lengua y uno de los hombres más cultos que ha tenido la república.
El autor es director de la Academia Panameña de la Lengua
