En la pared de una estructura en abandono, las aguas de los canales de Venecia, Italia, parecen amenazar la figura de un pequeño niño migrante que, bengala en mano, pide ayuda. El brillo rosa de la señal de auxilio, el semblante del infante, la mugre que reina en las proximidades, el aire de indiferencia que refleja el deteriorado edificio... Todo se suma a la intervención que amaneció hace un año en la ciudad del amor. Su autor, se supo después, es el díscolo y transgresor Banksy.
Hace unos días corrió veloz la información de su más reciente obra: Game Changer. Hablamos esta vez de una pieza dibujada en carboncillo, colgada en un hospital de Southampton, Inglaterra, en la que el misterioso artista reivindica el valor y la entrega del personal de los sistemas de salud, con un primer plano para un niño que juega con la muñeca de una “súper enfermera”, capa y antifaz (un cubrebocas) incluidos.

Es un homenaje, sí, pero el grafitero no renuncia a la crítica punzante, porque relegado aparece un recipiente con figuras de íconos del mundo del entretenimiento como Batman y Spider-Man, descartados.
Sorprenden los detalles realistas de la obra, pero mucho más el concepto, una invitación a la reflexión para una sociedad que remunera con miles (o millones) de dólares los oficios de figuras del espectáculo, deportes o celebridades de las redes sociales, bautizadas como influencers.
“Justicia social”, definió un reporte del diario El País. Y reforzó: “Antes de hacer este regalo al hospital de Southampton, el artista ha demostrado a lo largo de su carrera su compromiso con numerosas causas: desde el conflicto entre Palestina e Israel al problema de la migración en Europa, la crisis financiera y las desigualdades, temas que ha tratado artísticamente en muchos de sus trabajos”.
Veamos su actividad más reciente. En diciembre pasado, presentó Scar of Bethlehem, su versión de un pesebre, para no quedarse atrás en la temporada navideña. Instalado en The Walled Off Hotel, en Belén, el montaje cuenta con las típicas figuras de los nacimientos, pero en las faldas del muro que separa Israel de Cisjordania. Y la estrella, arriba, es el impacto de un proyectil.

Poco antes había publicado en Instagram el video de unos renos pintados en un muro, que dan la impresión de tirar de una banca cercana que hace de trineo, mientras en ella se acomoda para dormir Ryan, un sin techo de la ciudad de Birmingham. Fue un recuerdo de la desigualdad social, en tiempos de Navidad.
Un año antes, en el pueblo de Port Talbot en Gales, pintó detrás de un garaje a un niño que parece jugar con nieve, pero tras observar el otro costado de la pared, se descubre que se trata de las cenizas de un contenedor, generando una rapsodia, pero de sentimientos, en el espectador.
Y durante la cuarentena, el artista compartió en Instagram una foto de su baño con los dibujos de un grupo de ratas (figuras recurrentes en su obra) que sobrellevan el encierro “destrozando el sitio”. Y bromeó: “Mi esposa odia cuando trabajo desde casa”.
El pintor furtivo suele confirmar las piezas que son de autoría publicando una foto en la red social, uno de los canales de comunicación que usa para hablarle al mundo. El otro es su arte bizarro que siempre agita las conciencias.

