El proceso de formación educativa supone un elemento esencial para la vida, pero es aún más importante cuando se complementa con el servicio y la ayuda a los demás, especialmente a aquellos que más lo necesitan.
Es así que el Servicio Social Javeriano (SSJ), cuyo lema es “En todo amar y servir”, se formó hace 50 años precisamente para fomentar en los estudiantes el sentido de solidaridad como parte de una educación integral en valores.
En el marco de las celebraciones de este aniversario, se develó ayer —en un acto solemne celebrado en los jardines del Colegio Javier— con la presencia de los alumnos de la generación de 1971, la escultura denominada Javier Pico y Pala, creada por la pintora y escultora Gabriela Batista.
La obra, para cuya creación se utilizaron diferentes metales, tiene una altura de 2.50 metros, y busca representar la convivencia, la integración y el conocimiento de los problemas y las diferentes realidades que ocurren en el país.

Experiencias compartidas
En el marco de este aniversario, diversos estudiantes del Colegio Javier de la generación de oro, relataron a este medio sus experiencias en el SSJ.
Erasmo Orillac participó en el servicio social a los 15 años, en la localidad de Llano Grande de La Pintada.
“Aprendí a convivir con mis compañeros y a trabajar por la comunidad. Lo que más recuerdo fue que nos montamos en un pick up para ir a ver al general Omar Torrijos, que estaba por esos lados, para pedirle un puente sobre el río de la comunidad. Eso me enseñó de primera mano el clientelismo, que solo reciben los que están bien con el Gobierno; el puente se hizo muchos años después”, narró.
Lo vivido por Orillac le permite afirma que todo estudiante en Panamá, y reiteró, “sin duda alguna, todo estudiante en Panamá debe hacer algún tipo de servicio social como complemento a su educación, y para dar al prójimo algo de lo que recibimos en nuestra educación formal”.
Para Orillac, lo que hace único y especial el Servicio Social Javeriano es que “nos enseña a todos la realidad del país, nos fortalece en lo íntegros que debemos ser, pero lo más importante: nos conciencia sobre las necesidades de nuestros hermanos panameños”.
Ricardo Anguizola destaca que los principales valores del SSJ son la humildad, el respeto y la responsabilidad.
“La humildad, porque al participar el estudiante se desprende de todas sus comodidades, servicios básicos y facilidades de su hogar, así como de la presencia y compañía de sus padres y familiares, para compartir como uno más el estilo de vida de personas y comunidades que carecen de esas ventajas y facilidades. El respeto, porque el estudiante a través de esa vivencia logra apreciar y reconocer que puede aprender de todas las personas, independientemente de su condición económica y social. La responsabilidad, porque el estudiante hace suyo el sufrimiento y carencias que padecen las personas y comunidades con las que convivió, y se lleva un profundo sentimiento de que no puede ser indiferente a esas realidades y que debe ayudarlos a través de su trabajo en el futuro”, explicó.
Anguizola —quien participó del Campamento El Silencio, en Changuinola, Bocas del Toro— añadió que el Servicio Social Javeriano es especial y único ya que rompió paradigmas en la educación de los estudiantes de bachillerato, llevándolos más allá y fuera del aula de clases en un entorno comunitario e igualmente más allá de las ciencias y las letras tradicionales, para incorporar el humanismo en la formación.

Fausto Fernández desarrolló su servicio social en la comunidad de Miraflores de Tambo, en las montañas de Coclé. Ahí realizó diversas labores, como realizar una encuesta para el Ministerio de Salud enfocada en el seguimiento médico a las mujeres y niños en la zona; además de la construcción de un pozo artesanal y una serie de vados en los ríos para que se pudiera acceder a las comunidades en coche.
“Fue muy interesante ver cómo funciona la agricultura de subsistencia y ver la falta de apoyo para lograr incrementar sus siembras, para incrementar sus ingresos”, relató Fernández al tiempo que aseguró que el Servicio Social Javeriano “nos enseñó a compartir, a respetar, a conocer y a entender puntos de vista diferentes y a ver la notable diferencia de nuestra vida en la ciudad capital y la de los pueblos del interior del país; a ser solidarios, a trabajar duro, a valorar las cosas”.
José Fábrega reconoce que la experiencia fue dura al principio aunque, al final, resultó satisfactoria porque contribuyó, aunque de una forma modesta, al bienestar del pueblo donde realizó el servicio social. “Pienso que entre los valores principales del SSJ está la concientización social a una temprana edad, donde ya se tiene suficiente madurez para comprender los problemas sociales y desarrollar una mayor sensibilidad, que se queda contigo toda la vida, sin importar tu profesión”, reflexionó.
En términos similares se expresó José Guardia, quien mencionó que “la parte académica de nuestra formación fue muy importante, es la base de una carrera profesional, pero igual de importante y tal vez más importante fue la razón de ser de esta formación, para amar y servir a nuestro hermano, al panameño más necesitado”.
En enero de 1971, Guardia llegó a la comunidad de Sambú, en Darién, junto con 18 compañeros más —cargados con picos y palas— y bajo la guía del padre Santiago Santi Santamaría. También llevaron una máquina de hacer bloques y cemento, materiales que mezclaron con cascajo del río Sambú para construir el piso de unos salones de clases. Adicionalmente, llevaron una planta eléctrica para la comunidad, y se pusieron manos a la obra para impactar positivamente en la vida de sus habitantes.
“Esta labor nos dio la confianza de que podemos hacer cosas en beneficio de una comunidad”, dijo.


