CINEASTA

Cuando conoció de cerca al Óscar

El escritor Gabriel García Márquez escribió sobre el ingreso incógnito de Littín a Chile, pues quería que filmara a su país bajo la bota militar dictatorial.

Cuando conoció de cerca al Óscar
“El cine no es un fenómeno ni un arte que deambule solo en un ámbito exacto. El cine siempre está ligado con la realidad”, afirma.

Miguel Littín recuerda con felicidad las dos películas suyas que fueron nominadas al Óscar en la categoría de mejor película extranjera: Actas de Marusia (1975) y Alsino y el cóndor (1982).

“No hay nadie más feliz que un cineasta filmando. Más allá del tema y de la técnica, es la vitalidad que se siente en el juego de imaginación, sensibilidad y de sueños que se da en un rodaje con un equipo bien orquestado”, dice.

En ambas ocasiones fue el último en enterarse de la buena nueva. Con Actas de Marusia iba a bordo de un avión, y cuando la nave aterriza descubre a reporteros y fotógrafos y le pregunta a una pareja de la que se hizo amigo durante el vuelo: “¿qué persona importante viene con nosotros desde Londres?”.

Cuando supo que era él, le entregó nervioso a ese matrimonio los regalos que le traía a su familia para poder atender a los medios de comunicación social.

Con Alsino y el cóndor se encontraba en un restaurante con su amiga, la directora española Pilar Miró, y fue ella quien le compartió que estaba en la carrera por la estatuilla dorada.

Littín pensó que Miró deseaba conversar sobre un viaje que él había hecho a Filipinas, donde conoció a miembros de la industria alemana del cine, entre ellos al actor Klaus Kinski, y no, era sobre el Óscar.

“Nunca participé en los procesos de promoción que son habituales para las películas nominadas”. Eso sí, en ambas oportunidades le pusieron la tarea de denunciar en Estados Unidos la violación de los derechos humanos en Chile.

Sus películas se han estrenado en festivales de cine como Cannes, Berlín, Venecia, Huelva, Moscú, Cartagena y Gramado.



Estuvo en las respectivas ceremonias en Los Ángeles y se vio obligado a usar esmoquín. “En ambos casos, todos, menos yo, pensaron que me iba a ganar el monito (el Óscar)”, manifiesta reído. En la primera oportunidad venció El Cazador, de Akira Kurosawa, y después el triunfo pasó a Volver a empezar, de José Luis Garci.

“Era difícil competir con Kurosawa. Era un honor estar con él y dar ambos declaraciones sobre el cine y la represión en Chile. Mientras que Garcí estaba molesto porque los periodistas me entrevistaban más a mí, y le dije que no se preocupara porque él tenía en su maleta el Óscar”, comenta.

Fue invitado a una recepción del Óscar de Garci en un hotel de Los Ángeles, y mientras unos charlaban o tomaban, sonaba y sonaba el teléfono de la amplia habitación y nadie lo contestaba. Littín levantó el auricular y, sorpresa: “era el rey de España, que pedía a alguien para felicitarlo, y le dije: ‘Un momento su majestad, solo soy un chileno que está en la actividad”.

En Nicaragua la gente estaba contenta con la nominación de Alsino y el cóndor, y Littín pedía que no celebraran antes de lo necesario. “En muchas partes piensan que las dos veces me quedé con el Óscar”, y volvió a reír. “El Óscar es un buen trampolín para que una película llegue lejos”, agrega.

EL ‘CHILANGO’

La experiencia en México fue extraordinaria, ya que este país fue uno de los países que lo acogió cuando la dictadura lo exilió de Chile.

“Aprendí del ser latinoamericano en México porque confluyen muchas culturas, idiomas y razas. Sus técnicos son de gran nivel artístico y humano”, dice Littín, que fue a Chihuaha y a áreas de la frontera con Estados Unidos para hacer Actas de Marusia. Los habitantes de Santa Eulalia, donde llevó sus cámaras, compartieron con él sus experiencias de trabajadores de una mina de plata, hechos que incluyó en la trama y más de uno formó parte del elenco.

Supo que se había compenetrado con esta población cuando pidió perdón por su acento, y una señora en Santa Eulalia le respondió que no se preocupara, que ellos estaban “acostumbrados a tratar con chilangos, la forma de definir en el México profundo a los que son del D.F.”.

DESTORNILLADOR

Dedicarse a Alsino y el cóndor en Nicaragua fue un accionar creativo especial, porque venía de terminar dos producciones de presupuestos holgados: El recurso del método (1978), y La viuda de Montiel (1979).

Encontró una Nicaragua vital como niña pequeña, pues le tocó llegar cuando la dictadura de los Somoza había terminado y la esperanza danzaba por las calles. “Era una revolución democrática y participativa que buscaba el bien común. La gente, en especial los jóvenes y los niños, sonreían mucho y estaban siempre iluminados”.

De estar en Europa trabajando con equipos de primera línea, se encuentra en Nicaragua “con unas cámaras humildes y que eran tan precarias que a cada rato se desarmaban, y los técnicos cubanos con unos destornilladores las armaban para seguir adelante. Eso era parte del encanto. Porque el contenido de una película no debe depender estrictamente del medio económico que lo hace posible”.


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