Es una cualidad muy elusiva, y sus adjetivos son demasiados alusivos a otras cosas, no necesariamente buenas. Pero lo que buscamos en una buena masa de pastel, de esas que sirven para sal o dulce, es que se desmorone y que su estructura sea, en micro, como la del terreno de pizarra.
La palabra desmoronar no tiene buenas connotaciones; su equivalente en este caso, flaky, es escamoso. Una persona flaky también puede ser poco confiable o estar “como una cabra”. Pero eso es lo que se busca al hacer una perfecta masa para pies.
Yo venía de otro mundo, donde las reglas del juego eran distintas.
En la cuisine del patio, podía haber gusanos peludos, pistilos de papos, y no importaba cuánto se amasara la tierra, siempre la dejabas secando al sol y ya, se te formaba tu ladrillito que parecía un brownie, aunque supiera completamente distinto.
La recompensa al final del día era un glorioso “collar de perlas negras”, que la nana Tina luego te restregaba, rayana en el frenesí.
Pero en la cocina real se me cambiaron las reglas del juego, había que trabajar rápido, sin tocar la masa con las manos, para que no le impartieras el calor de tu cuerpo.
La primera regla era la Omega, comérselo rápido antes de que la humedad terminara con la sabrosa textura de la costra. Antes de esa venían otras.

