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El arca del virus

El arca del virus
Panamá tiene el privilegio de tener muchas áreas boscosas.

Si en estas semanas se escucha con mayor nitidez el canto de los pájaros, se debe en parte a que ellos ya saben que la capital parece un pueblo abandonado.

Si al mediodía una pandilla de mapaches busca comida en las escasas playas del Casco Antiguo, la explicación reside en la restricción de la pesca y la desaparición de los visitantes. Y si fue visto un venado en la Universidad Tecnológica de Panamá, y varios más en las áreas revertidas, la razón no es otra que la confianza que van tomando estos mamíferos cuando tienen hambre y ningún humano salta a la vista.

El país que tiene condiciones para ser un santuario natural

Una crónica de Mario Vargas Llosa sobre Darién le pone números a su abundacia de animales y plantas. Se trata de una riqueza sin igual que trasciende al país y que se asoma ahora en esta cuarentena. Vale la pena contemplar estas especies.

Varias de estas especies ilustran un “meme” sobre la desolación y el silencio como resultado de la pandemia. La imagen invierte el arca de Noé y encierra a una familia en una prisión de madera. Una ventana atravesada por unos barrotes separa a mamá, papá e hijos, de unos animales que desde afuera los contemplan con compasión. “Están advertidos”, parecen decirles a los humanos.

La reclusión de las personas, por lo menos en la capital, y el tránsito de la temporada seca a los meses de lluvia multiplican aves, primates, venados, zarigüeyas, murciélagos y tortugas, y posiblemente delfines y ballenas, en un istmo ocupado por 300 especies de mamíferos –según Rafael Samudio, ecólogo de vertebrados y experto en estos animales–, y sobrevolado por el 10% de las aves del mundo, de acuerdo con Mathew Larsen, científico del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales.

Panamá tiene el privilegio de tener muchas áreas boscosas alrededor y cerca de la capital, dice Ricardo Moreno, director de la fundación Yaguará, dedicada a cuidar y promover el Jaguar. Son varias las zonas protegidas de la ciudad, aunque alrededor de ellas hay barriadas y pequeños pueblos. “En todos estos bosques hubo especies de suma importancia para el balance del ambiente, como monos araña, tapires, osos hormigueros gigantes o puercos de monte”, enumera Moreno quien lamenta que de las especies mencionadas no se tiene evidencia en la ribera del Canal desde 1998.

El arca del virus
Una iguana, un tucán y un Tamandua, más conocido como oso melero. Tomadas de internet

Esos privilegios, desparecidos de la vista desde hace más de tres decenios, siguen latentes en el corazón del Parque Natural Metropolitano y del Parque Nacional Camino de Cruces y en los bosques circundantes de la Ciudad del Saber y en el Parque Nacional Soberanía.

Y puede suceder que en caso de prolongarse la cuarentena, que ayer cumplió 30 días, los monos araña y los tapires y los osos hormigueros se aventuren a visitar jardines en busca de alimentos, como ha sucedido ya con los venados de cola blanca.

Los animales llegan a clasificarse en generalistas y especialistas según el hábitat de su preferencia, detalla el ecólogo Moreno. “La actividad humana ha disminuido [en estos días] drásticamente y las especies que primeramente se están aventurando” a reconquistar la capital corresponden a las de la primera categoría. “Los venados, si son de cola blanca, prefieren espacios abiertos antes que los bosques. Si no hubiera gente, ellos llegarían a los potreros”.

Hace varias décadas se fragmentaron los bosques en torno a la capital. Samudio, en esos años recién graduado de Ecología de la Universidad de Panamá, recuerda el atropello cada vez más frecuente de la fauna silvestre, principalmente de mamíferos, en avenidas como la Transístmica. La única manera de reducir la velocidad de los carros fue la construcción de policías muertos en esas calles. Solución eficaz, típicamente humana, para aplacar la desbandada de osos perezosos hacia los bosques “donde se mimetizan con la cobertura vegetal”.

Pero la pandemia, que es la tragedia de los humanos, significa la expansión de los animales. El regreso a las ciudades de unos pobladores desarraigados por causa del cemento. Larsen comenta la aparición de cabras y ovejas en Europa. Diarios chilenos reportan un puma visto en los barrios de Santiago. Un zorro aprovechó el despeje de las calles bogotanas para bajar desde los humedales y recorrer la carrera Séptima.

Y tras los incendios de enero en Australia, cuando se calcinaron millones de animales, koalas supervivientes van a Sidney, toman agua y se suben a los árboles. Pocos fotógrafos los molestan.

El arca del virus
El arca del virus

El istmo

La ventaja de la capital panameña durante este confinamiento, en comparación con otras urbes, radica en pertenecer a un istmo considerado “puente natural entre continentes”, apunta Larsen. Una especie de pasadizo copado en estos meses por aves migratorias como patos y por las especies rapaces provenientes del extremo sur de América.

Pájaros que descansan en los árboles panameños, comen de sus frutos y beben agua en las quebradas, antes de continuar su viaje a Estados Unidos y Canadá. La primavera de estos países los espera para propiciar los apareamientos en medio de flores y rocíos. Se multiplican en verano, y al finalizar el otoño, más precisamente en octubre y noviembre, reinician su vuelo hacia el sur.

“Panamá es el hub de las aves, el lugar donde encuentran suficiente alimento y donde pueden recuperar energías en pleno itinerario migratorio. Acá se encuentran con las especies locales, y a raíz de la Covid–19 pareciera que fuesen muchas más de lo habitual en esta época del año”, apunta Rosabel Miró, directora de la Sociedad Audubon. Esta institución se propone proteger las aves en Panamá.

Y esa asamblea de pájaros locales y embajadoras continentales explica el volumen coral de sus cantos. Sus sonidos nítidos, sin el ruido de los carros, se hacen profundos en medio del silencio y penetran por ventanas y puertas abiertas porque al fin y al cabo los amigos de lo ajeno también permanecen en cautiverio. “El trabajo intenso y la vida en oficina nos quitaron la oportunidad de observar y escuchar nuestras aves”, apunta Rosabel Miró.

Capisucias, ruiseñores, colibríes, chachalacas y tucanes son los anfitriones habituales de esta cumbre de los aires. “Nos llegan fotos de Juan Díaz, de Ciudad del Saber y de algunas barriadas”. Y también de áreas colindantes a la Universidad de Panamá adonde suelen desplazarse los tucanes nacidos en los árboles del área verde de ese centro de estudios.

“Ellos pasean habitualmente por El Cangrejo, pero ahora están llegando a El Carmen, algo que no sucedía en años”, sostiene Rosabel Miró. Las aves migratorias, por su parte, lucen un plumaje más colorido y tupido, para ganar atractivo ante los aspirantes al apareamiento. Y vistas en el cielo, meciéndose sobre la Bahía de Panamá o sobre el parque Omar, parecen rosas al viento…

Los murciélagos, esos mamíferos nocturnos que se ganaron una antipatía mundial durante esta pandemia, pero de los cuales Panamá resguarda el 13% de las especies, hacen un mejor despliegue de su inteligencia. Samudio pondera “el cerebro matemático” de estos animales. Las escasas interrupciones en el medio ambiente potencian en ellos, fantasmas de la oscuridad, su facultad para ubicar en la noche objetos según su velocidad, trayectoria y forma.

Larsen vive hace seis años en Panamá. Reside en San Felipe y nunca había visto mapaches durante el día en las playas del Casco Antiguo. “Por lo general, ellos están muy escondidos, y salen en la noche. Hace unos días vi a tres de ellos caminado en la arena: buscaban pescado”…

Pero todo jardín se marchita, por lo que Larsen espera el final de esta cuarentena en algún momento. “Nos queda este mensaje de esperanza de la naturaleza: la vida sigue, pese al virus”. Y pese a la propia humanidad.

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