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La última palabra

El genio de Sinán

Cada 25 de abril se homenajea al escritor nacional. Al marcar el día de su natalicio, en 1902, se honra al Brujo de Taboga, Rogelio Sinán.

En la playa de Riomar, Sinán, octogenario, se divierte, dentro del agua, mientras la ola mueve su humanidad. Me convierto en salvavidas emergente. Al percatarse de mi vigilancia, me previene: “No le tengo miedo al mar, porque nací y me crié en Taboga”.

Lo bautizaron Bernardo Domínguez Alba. Él se renombró: creó el apellido del acrónimo Sinaí (cerro tabogano con nombre inspirado en la montaña en la que Moisés recibió de Dios los mandamientos de la ley) y Renán, su escritor favorito.

El nombre, Rogelio, replica el de su padre.

Sus primeros estudios fueron en la escuela primaria de Taboga. En la secundaria, primero fue lasallista y después institutor. Residió en México, Chile, Italia, China e India. Gabriela Mistral le aconsejó que viajara a Italia y aprendiera italiano para conocer de primera mano a autores clásicos. En Italia, interactuó con Rossi, Gentile, Venturi y Spirito, y se casó con una concertista romana, quien lo acompaño por breve tiempo en Panamá. Ella retornó a Roma. Mantuvieron una larga comunicación por carta hasta la ancianidad, revela Ruth Sinán, su hija. Cuando viajó a Roma no quiso verla para que ella mantuviera su imagen juvenil, “sin panza y sin calvicie”.

Profundizó en el conocimiento del dadaísmo, el surrealismo, creacionismo, ultraísmo y el realismo maravilloso. Fue estudioso del teatro mundial.

Renovador y activista incansable, dinamizó el quehacer patrio: la presentación en el Teatro Nacional de La Cucarachita Mandinga (1937), con música de Gonzalo Brenes Candanedo, fue un acontecimiento cultural, y la salida a la calle (1947) de su primera novela, Plenilunio, agitó la polémica por lúdica y sexual. Demoró 20 años en estructurar La Isla Mágica, de 600 páginas, que resume su obra literaria, y es su peldaño mayor.

Ejerció Sinán el magisterio -Instituto Nacional y Universidad de Panamá-. Creador en todos los géneros literarios: poeta (Incendio y Semana Santa en la Niebla), cuentista (A la orilla de las estatuas maduras y Todo un conflicto de sangre), novelista (Plenilunio y La Isla Mágica), dramaturgo (El Nuevo Paraíso Terrenal y La Cucarachita Mandinga), y ensayista (Los valores humanos en la lírica de Maples Arce).

La idiosincrasia nuestra fue su materia prima. Escudriñó el alma nacional para volcarla, con nuestra sensibilidad, pesares y orgullos, sin ahorrar amenidad, profundidad y alegría.

Para una publicación internacional sobre Latinoamérica, me tocó solicitarle que escribiera un artículo para abrir el capítulo panameño.

Para entregarme el texto, me esperó en la puerta de la vivienda en San Francisco y me llevó a su estudio. Me entregó las dos páginas clipsadas y me preguntó: ‘¿Qué te parece el título?’. Lo leí: ‘El día que una sandía echó sangre’. Enganche y pretexto para ponderar la historia y personalidad de Panamá y su gente.

Con edad avanzada, frecuentaba reuniones nocturnas, sobre todo culturales. Le pregunté en una de ellas sobre esa vitalidad y me contestó con una respuesta ensayada: ‘Después del almuerzo, siempre hago siesta’.

El autor es periodista y docente


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