Recuerdo aquella entrevista extensa que le hice a don Julio Zachrisson (1927-2021) en la Galería Allegro de San Francisco en el año 2012 (su última visita al istmo) y luego las otras conversaciones que sostuvimos años después vía telefónica como parte de mi oficio de periodista cultural.
Tengo siempre presente en mi memoria, las palabras sentidas de don Julio sobre el arte, la vida, la música y la amistad.
Todavía me río cuando compartíamos recuerdos de hechos que nos unían: ambos egresados de la secundaria Instituto Nacional, los dos residentes en el corregimiento histórico de San Felipe, ambos amantes de ese sentimiento de barrio que une a todos sus habitantes como si fueran hermanos, nuestro mutuo amor por las manifestaciones artísticas y por el cine.
El hijo formativo de los maestros nacionales Roberto Lewis, Humberto Ivaldi y Juan Manuel Cedeño, fue amigo de los que pronto serían también maestros como él: Alfredo Sinclair, Ciro Oduber, Juan Bautista Jeanine e Isaac Leonardo Benítez, entre otros.
Don Julio, el Poseidón de los grabados, los óleos, las esculturas, del collage, la litografía y el dibujo. El artista que encontraba inspiración en los hechos históricos difíciles de comprender y aquellos otros llenos de felicidad que ha experimentado nuestra querida patria.
El heredero de Goya, Velásquez y Quevedo, es uno de los artistas iberoamericanos que mejor ha indagado desde las artes visuales la tauromaquia, el mundo del circo, las andanzas de las brujas, bufones, payasos, equilibristas, carniceros, chamanes y animales perturbadores; estudioso de la vida y la muerte, del realismo y lo fantástico, de la leyenda y la historia, de lo amerindio, del mestizaje y de la mitología; su actitud anticolonialista y su mirada filosa sobre el costado salvaje del alma humana; su navegar por la figuración, el expresionismo y la abstracción; el pescador de ilusiones que se inspiraba en el sexo, el romance, el baile y el amor.
En una de esas tantas ocasiones en que compartimos me indicó: “Mi temática es una crónica de lo que sucede en Panamá”.
Trotamundos
En 1952, salió de su tierra materna para conquistar todos los mundos culturales posibles. Ese periplo comenzó por carretera recorriendo Honduras, El Salvador y Guatemala hasta llegar a México, donde aprendió los laberintos de las distintas técnicas del grabado y el muralismo, dos áreas que él pronto dominaría como pocos. En México creó lazos con colegas como José Luis Cuevas, Alberto Gironella, Vicente Rojo y Pedro Coronel.
Esos viajes de aprendizaje luego lo trasladarían al Viejo Mundo, donde recaló en Italia en 1959 y después iría a Holanda, Alemania y Francia.
Decidió residir en España desde el 1 de enero de 1961. Desde 1966 su vivienda estaba ubicada en una zona justo frente a la Plaza de Toros de Las Ventas, en la ciudad de Madrid. Su compañera desde esos años hasta el presente es Marisé Torrente Ballester, hija del escritor Gonzalo Torrente Ballesteros.
La distancia geográfica en ningún momento fue motivo para que disminuyera su amor por Panamá, pues seguía siendo más istmeño que el sancocho y la pollera.
El gran jodedor
Su debut en las exposiciones colectivas fue en 1958, en México, en la I Bienal Interamericana de Pintura y Grabado. Su primera individual fue en 1960 en la Universidad de Panamá.
Su obra, sensible a la desigualdad social y con un acento en la crítica política contra las dictaduras (de izquierda y de derecha) y la corrupción, está en los mejores museos e instituciones del planeta (de Nueva York a Ibiza, de Tánger a Varsovia, de París a Bagdad).
En 1996 fue ganador del Premio Aragón Goya en España con motivo de los 250 años del aniversario del nacimiento de Goya (a raíz de este reconocimiento fue cuando hablé con don Julio por primera vez para La Prensa).
Aunque era uno de los más grandes creadores de todos los tiempos del mundo, seguía siendo humilde, sencillo, jovial, caribeño, jodedor, divertido, vacilador y ocurrente.
En este año 2021, en el marco del concurso de artes visuales Roberto Lewis, que organizó desde la Dirección Nacional de Las Artes del Ministerio de Cultura, le rendí en el Teatro Nacional un más que merecido homenaje a los genios nuestros Mario Calvit, Antonio Alvarado y Julio Zachrisson.
En ese marco, le propuse a mediados de septiembre pasado a don Julio tener un encuentro digital. Pidió excusas por motivos de salud. Me regaló un mensaje de voz que guardo como el mejor de los tesoros: “Domínguez, me ha emocionado mucho tus palabras y los recuerdos que hemos tenido anteriormente. La verdad es que me hubiera gustado cuando me sugeriste hacerme la entrevista, pero bueno, ya sabes lo que pasa: ya voy para viejo. La voz se me apaga, en fin. No hablemos de cosas malas que no vienen al caso. Te recuerdo con mucho aprecio y no dejo de recordar todas las cosas que has escrito sobre mí (…) Muchos recuerdos y un abrazo, Domínguez”.
Su última más grande exposición ocurrió hace unos meses en el Museo Conde Duque de Madrid, España.

