ADOLFO NORATO

El encanto del campo santeño

El acento característico de los campesinos de Azuero guarda preciosas historias de vida: infancias difíciles, trabajos lejanos, enamorarse en la campiña.

El encanto del campo santeño
La campiña panameña de la región de Azuero es uno de los motores de la agricultura nacional.

Por la ruta que lleva hacia Llano Largo, las casas son rurales. No de quinchas ni de barro, pero sí son las casas con patios amplios, pasillos que cruzan toda la residencia, árboles de mango, hamacas, brisas, mecedoras. Tranquilidad.

En una de ellas vive Adolfo Norato. Tiene más de 90 años y conserva su memoria afilada. Recuerda cómo era La Villa de Los Santos cuando él estaba más chico, aunque él no era precisamente de ese pueblo. Creció en La Espigadilla, un pueblo un poco más allá de La Villa, pero lleva décadas siendo villasoletano. O villano, como le dirían otros.

Norato es un hombre del campo. Allí pasó la mayor parte de su juventud. También fue allí donde se enamoró. Allí fue donde se hizo hombre.

“Mi mamá murió cuando yo estaba gateando. Crecí con mi abuela. A ella le tocó criarme a mí y a mis cuatro hermanos. Tenía yo 12 años cuando llegó un señor a caballo y me pregunta si quería irme con él a la montaña para trabajar. Mi mamá -su abuela- no quería, porque yo era el varón, yo era el que servía para ir a la playa a buscar conchas”, cuenta sentado desde el portal de su casa.

Viste una camisa clara desabotonada casi hasta el ombligo, un pantalón negro, cutarras y un sombrero pintado. Detrás de él, su cuarto, en el que hay una cama ancha con resortes, un televisor, varias chancletas y una cómoda con decenas de cajas de medicinas. Alrededor de él juguetea un perro que a veces le hace caso.

“Me fui con el señor y todo el mundo lloraba para que no me fuera. Pero me puse a trabajar allá para poder enviarle dinero a mi abuela. En un año ya tenía yuca, plátano, de todo”, añade.

El acento de Norato es en el que uno se imagina al pensar en un campesino panameño. Ese jondeao de Azuero, con la erre que a veces se pierde, con expresiones jocosas y melodiosas. Así narra su vida, con tranquilidad, con humor, con precisión. Sentado desde su mecedora. Casi siempre pasa las tardes allí. A veces saca la hamaca, la cuelga bajo la sombra del palo de mango y duerme por horas.

Trabajando por las montañas santeñas fue que se enamoró. Cuenta que el señor que lo contrató le advertía que se consiguiera una esposa para que lo ayudara con los quehaceres del hogar. Aquellos eran otros tiempos.

Hasta que conoció a una chica que le llamó la atención. “El suegro no me quería porque yo estaba muy pobre”, dice, con la satisfacción de haberse sobrepuesto a ese inconveniente. Fue por esos días que su abuela murió. Entonces tuvo que regresar a su pueblo a repartirse entre él y su hermana mayor al resto de los hermanos. Volvió a la montaña y allá los crió.

Para conocer más sobre la historia de Adolfo Norato, y tantas otras del pueblo de la heroica Villa de Los Santos, acceda a www.prensa.com/historias-de-mi-pueblo


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