En el pasado, el ultrafino papel washi japonés se usaba para todo, la escritura, la pintura, las pantallas de las lámparas, los paraguas y hasta las puertas corredizas. Pero el estilo de vida occidental tumbó la demanda y lo obligó a reinventarse: ahora salva a los pergaminos de los grandes museos.
En su taller del oeste de Japón, Hiroyoshi Chinzei vigila la fabricación de un washi siguiendo un proceso inventado por él para este papel, el más fino del mundo, que propone a bibliotecas y pinacotecas como el Louvre o el British Museum para rescatar del olvido los manuscritos.
Su última versión, creada hace seis años, impresiona por sus medidas: 0.02 mm de grosor por 1.6 g el metro cuadrado. Increíble si se compara con los 0.09 mm de 70 g por metro cuadrado de un papel de fotocopiadora. “Es tan fino como la piel humana”, presume en su fábrica de Hidaka, a 600 km al sudoeste de Tokio. Tan fino que es transparente, una característica esencial para descifrar el texto cuando se restauran los pergaminos.