“Yo solo sé que nada sé”, Filosofía barata, ¿verdad? Sí, pero qué profunda. Y se aplica además al vino, que con cada año llega con la características infundidas por este loco clima que vivimos, con todos sus altibajos.
Pero hoy, no nos concentremos en profundidades.
Vamos a lo mero y básico: El peso (o ligereza, al contrario) de un buen tinto.
No voy a hacer distinciones de procedencia –a menos de que las circunstancias lo ameriten– sino que me voy al meollo: tintos ligeros, medianos y pesados.
Con gran frecuencia, los tintos se clasifican por el tipo de cuerpo que tienen.
Por ejemplo, podría decirse que cierto vino tinto es “ligero” y la primera cepa que me viene a la mente es la Gamay, francesa que es responsable de arrancar la vendimia. Cuando oyes el jolgorio colectivo del mundo del vino anunciando el Beaujolais Nouveau, entonces significa que en todo el mundo está descorchando la primera ola de la vendimia.
Y es que el Beaujolais –que no solo es nouveau sino que también tiene procedencias específicas, siendo mis favoritas la Moulin-au-Vent y la Fleurie– es un vino muy, muy ligero; tanto así, que recomiendo tomarlo refrescado.