El primer recuerdo que tiene el español García Montero como lector proviene de su padre, quien tenía la costumbre de leer poemas en voz alta y de niño el futuro bardo “escuchaba unos poemas que eran bastante tradicionales, y fueron mis primeras novelas de aventura, La canción del pirata, de José de Espronceda, por ejemplo”.
Es el hermano mayor de una familia con seis hijos, “todos muy traviesos. Vivíamos en las orillas del río en el barrio, rompíamos todos los muebles de la casa. Entonces, para tener un lugar con muebles apropiados para recibir a las visitas, mis padres cerraron una habitación que se llamaba el Salón de las Visitas y era un sitio donde no nos dejaban entrar”.
Un día ingresó, al final de su infancia, debía ser 1968, y descubrió la biblioteca que tenían sus padres y dentro encontró la edición de la poesía completa de Federico García Lorca que había publicado la editorial Aguilar.
“Aquellos eran libros forrados en piel con papel de Biblia. De pronto encontré un libro sagrado dentro del territorio sagrado del Salón de las Visitas y eran como canciones, las de García Lorca, donde las cosas eran algo más de lo que parecían, porque la Luna no era la Luna era otra cosa, las ciudades eran un misterio, aunque los jinetes supieran el camino no llegaban nunca a las ciudades, y el agua se convertía en oro cuando alguien tiraba un limón”.
Allí fue despertando su vocación literaria y su condición de ser uno de los mayores expertos en España de la obra de García Lorca.
A CAMBIAR
Su debut como escritor ocurrió de muchacho, cuando decidió cambiarle el desenlace a un poema de Ramón de Campoamor que se titula El tren expreso.
“Es un poeta realista, español, muy popular en el siglo XIX, que escribió un poema donde al final moría una chica y no se podían casar los novios. Después de oírselo mucho a mi padre me enfadé y me dije: ‘por qué siempre se va a tener que morir ella’. Entonces escribí una alternativa, unos versos donde ella se salvaba de la tuberculosis romántica, acudía a su cita de amor, eran felices y vivían su idilio y se casaban”, comenta García Montero, quien trae a la Fil de Guadalajara su nuevo poemario: Completamente viernes (Tusquets).
Después empezó a escribir “quizás muy poseído por el mundo de Federico García Lorca, el poeta de mi ciudad, en la que nací, Granada. Los primeros poemas, que los conserva mi madre en una carpeta, la gracia del niño, dice ella, son poemas que están muy habitados por el mundo de García Lorca”.
Para adentrarse a los versos de García Lorca recomienda acercarse a uno en especial: “En esta época de crisis que estamos viviendo, a leer Poeta en Nueva York. Lo escribió en 1929 cuando llegó a Nueva York y denuncia la crisis de la sociedad mercantilizada, la crisis de una sociedad que no solo pierde contacto con su memoria y con su pasado, sino que se está quedando sin futuro. La verdadera nostalgia no es que sentimos al pensar lejos el pasado, es la nostalgia del futuro cuando nos damos cuenta de que vivimos en una sociedad que no nos conduce a una manera noble y digna de vivir. Todo eso está en Poeta en Nueva York”.
Se trata de un poemario que tiene una vigencia brutal. “García Lorca buscaba la poesía arquitectónica, formal, de voz controlada y en Poeta en Nueva York se acercó al grito. Hay un poema que a mí me emociona, Grito hacia Roma, que es lo contrario a la poesía pura, el grito. Se subió al edificio más alto que había entonces en Estados Unidos, el Chrysler, porque el Papa Pío XXI acababa de firmar el Tratado de Letrán con Musssolini para pactar con el fascismo. Mussolini dejaba las propiedades del Vaticano a cambio de que el papado aceptara el derecho del fascismo a hacer guerras coloniales. García Lorca tenía un sentimiento religioso muy heterodoxo, él se acercaba a Cristo porque era el amor de la gente que por amor a los demás es capaz de dar hasta su propia vida. Sin embargo, consideraba a la iglesia como una institución cercana a la riqueza, al poder, al egoísmo, entonces él gritó desde el Chrysler hasta el Vaticano ese poema que recoge el derecho de las mujeres frente al machismo, de los homosexuales frente a la represión, de los pobres frente a los ricos que avasallan y acaba diciendo que tenemos derecho a que se reparta entre todos el pan porque esa es la voluntad de la tierra”.

UNA LUCHA EN BUSCA DE LA LIBERTAD
Luis García Montero se educó desde pequeño en la poesía de Federico García Lorca y se formó en la búsqueda de una ciudad, Granada (España), que “había quedado cubierta por los escombros de la Guerra Civil. Poco a poco se identificó mi lectura de García Lorca con mi necesidad de escribir, mi manera de vivir y empecé a estudiarlo”.
Es catedrático de literatura española en la Universidad de Granada y una de las disciplinas que enseña es la poesía contemporánea, entre ellos, al autor de Romancero gitano (1928).
Su más reciente libro de ensayos que es Un lector llamado Federico García Lorca (Taurus). “Si me formé como poeta y como persona leyendo a García Lorca, qué libros, qué poetas formaron a Federico”.
Investigó en los libros que quedan de su biblioteca, “están subrayados, con anotaciones, los recuerdos de los amigos, de los familiares, sus propias entrevistas, qué poetas citaba, con qué poetas había negociado”.
¿Qué encontró en esas búsquedas?
García Lorca vivió un tiempo donde se creía que la cultura iba a transformar la sociedad. Los libros tenían un peso muy grande, la educación cívica de la gente, los sueños de la gente y él pertenece a la España de tradición republicana que creía que a través de la cultura se podía transformar a las personas y hacer más libre a la sociedad, por eso él le dio mucha importancia a la lectura. Fue un estudiante pésimo, estudió dos carreras, una no la terminó, filosofía y letras, otra la acabó, pero porque lo enchufó su maestro don Fernando de los Ríos. La gente, al saber que era un estudiante pésimo, piensa que era un poeta inculto y no es verdad, era un poeta muy culto porque era un grandísimo lector. En sus lecturas buscaba respuesta a su propia vida. Se educa en la tradición romántica porque es la cultura donde el yo lucha por su libertad y se enfrenta a la sociedad y él necesita luchar por su libertad. Después atiende a los poetas simbolistas, aquellos que más que decir las cosas claramente las sugieren a través de símbolos, sin dar muchas explicaciones, escriben con el secreto, es muy emocionante abrir un libro que perteneció a Lorca, El tesoro de los humildes, de Maeterlinck y ver una anotación en la que dice ‘plata lo que se dice, oro lo que se calla’, porque aprendió que escribir muchas veces es sugerir aquello que no se puede decir. Leyó a Yeats, a Oscar Wilde, a poetas que le enseñaron a negociar con su propia homosexualidad y después se formó en los clásicos y para hacer un tipo de poesía que se acercara a su experiencia en Nueva York leyó a Elliot, leyó Manhattan Transfer, de Dos Passos. Siempre buscó en los libros una manera de darse respuesta a su propia intimidad y de preparar un territorio para hacer su propia creación.
¿Se le recuerda a García Lorca con justicia?
Sí. Es es uno de los grandes poetas del idioma del siglo XX. Es muy conocido entre los autores españoles, pues después de Cervantes parece el más conocido y entre los poetas de la lengua creo que comparte un espacio de admiración de lo que sentimos por César Vallejo, por Pablo Neruda, por otros grandes poetas. Se murió por culpa de un golpe de estado injusto, de una guerra injusta, de un asesinato injusto, pero su memoria poética ha sido tan fuerte que lo recordamos con justicia.
García Lorca es un símbolo de las víctimas que siempre hay en una guerra.
En mi adolescencia leí un libro de un hispanista irlandés, Ian Gibson, sobre la represión nacionalista en Granada y la muerte de Federico y descubrí que estaba viviendo en una sociedad llena de secretos, de cosas que no se contaban. Mi vida cotidiana estaba rodeada de secretos, porque la verdad había quedado cubierta por los escombros de una guerra, una guerra siempre es un movimiento sísmico, un terremoto, que oculta la verdad humana bajo muchos escombros y buena parte de mi vida se concibió como un modo de intentar recuperar la ciudad, la poesía, la libertad que había quedado bajo los escombros por culpa de la Guerra Civil y del asesinato de García Lorca, quien está enterrado en el barranco de Viznar, donde hay otras 3 mil víctimas de la represión fascista en Granada. Y él representa bien porque es bien conocido como poeta el espíritu de todas las víctimas de la guerra, no solo de la Guerra Civil española, sino de la barbaridad que hay en todas las guerras del mundo.
