A mediados de febrero, Sudán del Sur declaró la primera hambruna del mundo en seis años, con un impacto en unas 100 mil personas.
“Hambruna no es una palabra que usemos a la ligera”, apunta Erminio Sacco, especialista en seguridad alimentaria de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Desde 2007, el término se emplea según una escala científica acordada por agencias de todo el mundo y conocida como Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF).
Según la escala CIF, la hambruna se declara cuando más del 20% de la población de una región sufre extrema escasez de alimentos, mueren más de dos personas por cada 10 mil al día y la malnutrición aguda afecta a más del 30%.
La hambruna ha golpeado a China, la Unión Soviética, Irán y Camboya. Europa padeció hambrunas en la Edad Media, pero los episodios más recientes se dieron en las dos Guerras Mundiales, donde habitantes de zonas de Alemania, Polonia y Holanda murieron de hambre por bloqueos políticos. En África se han producido varias hambrunas, desde Biafra, en Nigeria, en la década de 1970, hasta la hambruna de Etiopía de 1983-1985.
La última hambruna que declaró en el mundo fue la de Somalia en 2011, donde se calcula que dejó unos 260 mil muertos. Aunque no se haya alcanzado el estado de hambruna, zonas del Sahel, Somalia y Etiopía atraviesan ciclos de hambre. “El daño biológico merma el bienestar físico de generaciones enteras de niños y su potencial desarrollo, lo que puede resultar en una mano de obra débil y estudiantes retrasados”, asegura Sacco.