Lloyd Gallimore llevaba dos semestres de estudios universitarios en la ciudad de Panamá, cuando tuvo que regresar de imprevisto a su Bocas del Toro natal porque su mamá había enfermado y tenía que ayudar a su familia a seguir adelante.
Por entonces existía una orquesta en aquella provincia que era la soberana de cada baile: Los Black Star. Con sus tres trompetas, tres saxofones, un trombón, su pianista y su guitarrista amenizaban las fiestas de fin de año, los matrimonios, los 15 años, las patronales...
En una ocasión, la iglesia Episcopal tenía una celebración y Los Black Star eran la estrella principal. Dos semanas antes del evento, un promotor costarricense les propuso ir al vecino país.
Era la oportunidad perfecta: un fin de semana, dos shows, todo pago y el crédito de presentarse en el extranjero. Inmensa felicidad para Los Black Star y honda preocupación para la iglesia Episcopal porque no había un contrato por escrito de por medio ni un plan b para resolver la eventualidad.
Por esos días, al padre de la congregación religiosa le llega a la mente un nombre: Lloyd Gallimore y le comparte sus desventuras.
“No había terminado de colgar con el padre cuando me llamaron dos músicos para hablarme de lo mismo y me piden que lo ayudemos. Yo solo tocaba piano por deporte, para distraerme, porque tenía un trabajo formal”, rememora.
Gallimore vacila un momento, aunque luego se recupera y se le sincera al padre: “le vamos a tocar algo, y me dio las gracias porque estaba contento si aunque sea le tocábamos una lata en la actividad”.
Así se arma un sexteto: batería, guitarra, ukelele, bajo, congas y “un piano que pesaba como cinco mil libras”. Durante dos semanas, tres horas cada día, ensayaron en las noches temas de calipso en la planta baja de la casa de los Gallimore.
HASTA EL AMANECER
Llegó la función y los muchachos estaban a punto de recorrer lo desconocido. El evento comenzó a las 8:00 p.m. Cuando ejecutaron las 12 piezas sabidas piensan que el asunto había terminado, aunque, sorprendidos, vieron que el público pedía otra tras otra canción, y no les importaba que se repita el mismo repertorio. El jolgorio terminó a las 4:00 a.m.
“Nos pagaron 40 dólares y lo dividimos entre los 6 músicos”, recuerda entre risas.
En pueblo chico, infierno grande, por lo que de rigor fue que en Bocas del Toro se corrió la voz de que la gente movió el esqueleto hasta el cansancio con un grupo del que nadie sabía nada.
Así arrancó, hace 51 años, The Beachers, un colectivo que sigue en activo.
FAMILIA
¿El secreto para alcanzar esta clase de unidad? “Mucha paciencia y tolerancia, porque lidiar con músicos es difícil. Los ejes del grupo vienen de una cultura bocatoreña que jala hacia la familia y nosotros somos una hermandad”, sentenció este tecladista.
También agradeció que tienen una audiencia fiel, “gente que le encanta salir a bailar con el grupo porque saben que van a tener un abanico de ritmos: calipso, salsa, merengue, bolero. Cantamos temas en español, inglés, francés y portugués”.
La desaparición de otras bandas, sostuvo Lloyd Gallimore, se debió a problemas vinculados con el dinero. “En The Beachers ganamos todos por igual”.
The Beachers apareció en la época de los combos nacionales “con una fuerte influencia de la música caribeña: calipso, soka y regué. Logramos incursionar e influenciar positivamente a la audiencia nacional con un estilo y sonido muy propio y hemos aportado un ritmo que nos identifica”.
DE BOCAS DEL TORO VIENE UN SONIDO

Ritmo cadencioso, abierto a la improvisación, más el manejo en sus letras de temas humorísticos y sociales. Ese es el calipso.
Ese género musical, considerado obsceno y profano por los conquistadores europeos, lo traían en la sangre los hombres y mujeres que eran libres en Sudán, Congo y Guinea, y que pasaron a ser esclavos al abordar los barcos que los traerían a la isla de Trinidad.
De acuerdo con Helio Orovio, autor del libro Música por el Caribe, el nombre viene del vocablo de origen africano kaiso, transformado luego en kalipso.
En opinión de José Arteaga, en su obra Música del Caribe, “kaiso significa bravo o aguerrido” y agrega que los temas en el calipso “se enfocan, por su carácter trovador, hacia los comentarios sociales y políticos, los episodios sexuales”.
Lo primeros conjuntos utilizaban tambor, sonajas, guitarras y botellas llenas de diversas cantidades de agua que eran golpeadas por cucharas. Luego, en el siglo XX, vendrían el violín, el contrabajo, el acordeón, el clarinete, el piano y la flauta.
Si Santa Lucía tuvo como uno de sus grandes representantes a Lucian Parrot; Bahamas, a Saint Kitts; Barbados, a Llewellyn Drayton; Panamá tiene a The Beachers.
EL LEGADO
“The Beachers es nuestro equivalente al Gran Combo de Puerto Rico. Ellos tienen ese swing que mezcla el folclore de nosotros con la música cubana, con el tumbao y el calipso. Es un swing africano en esencia”, explica el pianista Danilo Pérez, líder del Panamá Jazz Festival.
“Ellos han mantenido su vigencia porque son un factor cultural y se nutren de una historia y de una identidad panameña importante, como fue la influencia de los afroantillanos”, agrega Danilo Pérez.
El maestro Lloyd Gallimore lleva la batuta de The Beachers. “Él es eficaz, productivo y tiene un gran conocimiento del calipso”, manifiesta Luis Carlos Pérez, director musical y compositor.
Para Luis Carlos Pérez, The Beachers es un ejemplo de las cualidades necesarias de todo buen músico: “emprendedores, dedicados, libre de vicios, con manejo de negocios y credibilidad en su trabajo”, indica.
Esta banda, en palabras de Billy Herron, vicepresidente de la Fundación Danilo Pérez, “son pilares en fusionar el estilo de los sonidos del Caribe de las Antillas Menores con el jazz y el blues de Estados Unidos, además de que incluyeron el órgano en el calipso”.
“The Beachers son un monumento a la resistencia cultural. Cuando irrumpieron las discotecas móviles en los años 1980, muchos grupos emblemáticos se deshicieron, dejaron de sonar. The Beachers se mantuvieron fieles a ese sonido que les es particular, y que mezcla la música caribeña con innovaciones únicas, incorporando instrumentos contemporáneos poco usuales en ese género”, resalta Consuelo Tomás, poeta y cuentista.
A sus fundadores, solo la muerte los detiene, opina Tomás: “fallecen con las botas puestas, todavía tocaban y eran miembros del grupo cuando les tocó abandonar el mundo de los vivos. ¡Eso es amor por lo propio! Y a pesar del desprecio por lo que llaman ‘música de viejos’ ellos han logrado gustar hasta a la gente joven. Eso es mucho. Cuando hay autenticidad, eso puede pasar”.
“The Beachers merece un reconocimiento que todavía Panamá no se lo ha dado. Ellos deberían cerrar todos los años la Feria del Mar en Bocas del Toro, como otros grupos de su nivel lo hacen en festivales similares en Nueva Orleans. Deberían estar en las guías turísticas del país”, comenta Herron.
De acuerdo con el cantautor Rómulo Castro, The Beachers es una marca rítmica, al rescatar lo más auténtico “de la obra musical de los ‘lords’ afroantillanos de la pasada centuria: Cobra, Panamá, Delicious et al-; a veces ‘marginal’, la empacaron en el formato de los combos nacionales que hicieron bailar a todo un país, y la integraron para siempre en la Historia de la Música Panameña, con mayúsculas”.

HERENCIA
Entre los aportes que dejó la migración afroantillana durante la construcción del ferrocarril interoceánico y el Canal de Panamá es la llegada del calipso.
Este ritmo tuvo renovadas fuerzas en la provincia de Bocas del Toro y alcanzó las notas más altas gracias a Leslie George, Ringing Bell y The Beachers.
En Bocas del Toro, indica Consuelo Tomás, “se curtió la música que trajeron consigo los emigrantes de Antillas, sobre todo de Antigua, Barbuda, San Andrés, Jamaica y Martinica, en distintos momentos”.
El calipso es una de esas formas, plantea Tomás. “Primero en un inglés entremezclado con francés que llamamos guariguari y que hoy día hasta los ngäbes bocatoreños lo hablan. Es una de las partes de la ensalada humana sabrosa que somos. Siempre conservando la gracia y la vocación de contar historias cotidianas o protestar problemas que lo definen”.
“Bocas del Toro es el DNA del jazz norteamericano”, sentencia Billy Herron.
“No existe música bocatoreña, lo que existe es una herencia de nuestros padres y abuelos que vinieron de las Antillas y que heredamos de ellos el calipso y la soka”, destaca Lloyd Gallimore.
Como cantautor que entró al ruedo en la década de 1970, Rómulo Castro cree que la música hecha en Bocas del Toro, “-y en general la música de origen afroantillano que se cultiva en Bocas del Toro, Colón y Panamá capital- completa el intrincado mosaico de la multiculturalidad panameña, tal cual la entendemos hoy”.
Esa diversidad de la que Rómulo Castro se enorgullece descender, “muchas veces no es adecuadamente estudiada, tiene en los hijos de los west indian men, el necesario contrapunto de nuestros congos afrocoloniales, que habitan la misma costa del Caribe, pero hacia el este. Y así como el bunde y el bullerengue darienitas, junto al congo de Colón y Panamá, permearon al tambor de Azuero y las provincias centrales del istmo, desde la Colonia española y hasta la contemporaneidad”.
Por eso, Rómulo Castro argumenta que el calipso y el regué“marcaron impronta en los combos nacionales del siglo XX panameño y definieron los senderos de otros géneros de la música popular panameña en las últimas décadas”.
Bocas del Toro, comenta Luis Carlos Pérez, director musical, aporta, de forma significativa, al desarrollo de las manifestaciones culturales “con esencias anglo y afroantillanas, como ‘el palo de mayo’, el calipso y el jazz. El gran músico Luis Carl Russell, de la isla Care Nero, cerca a isla Bocas, fue el primer jazzista en dejar su legado en la historia de esta música y colaborando con Luis Armstrong, el padre del jazz”.
Billy Herron observa que la industria musical está cambiando. “La prueba es que hay un redescubriemiento del calipso, que estuvo escondido por años en algún hueco de la sociedad panameña y los mejores representantes de este ritmo son The Beachers”.
‘Cincuenta’, lo nuevo de la banda
Dos años después de aquella fiesta inolvidable que representó el debut de The Beachers en Bocas del Toro, esta agrupación grabó su primer disco. “Hicimos como 12 long plays y de varios de esos discos no hay copias porque no se volvieron a editar, porque muchas de las casas disqueras de entonces cerraron sus puertas”, manifiesta su director Lloyd Gallimore.
Hoy, miércoles 25 de octubre, en el Teatro Amador, a las 7:00 p.m. presentarán el álbum Cincuenta.
“Es el sonido tradicional de The Beachers con un formato digital. Es un rescate de su sonido, porque yo quisiera que mis hijos y los hijos de otros panameños tengan la música de The Beachers”, indica Billy Herron, productor del álbum.
El disco incluye temas inéditos: Como tú me despreciaste, Lo que tú eres para mí, Going to Bocas, Cómo me dirías que no, Fire y Mamalele, así como regrabaciones: These Young Girls, África Caliente y Bocas del Toro.
En esta producción participaron como invitados especiales los músicos Luis Carlos Pérez, Camilo Azuquita, Samy Sandoval, Emilio Regueira, Silvino Alvarado, Alfredito Payne, Latin Fresh y Pureza Natural.
“Todos ellos trabajaron con la más linda disposición y recibieron con mucho honor la participación. Hubo mucha buena onda. Todo fue superdivertido y todo fluyó”, recuerda Herron.

