Cruella es una caja de sorpresas. Sus múltiples registros se desentienden de la versión animada de 1961, así como de la película en acción en vivo de 1996.
En esta ocasión, importan poco los destinos del compositor Roger y su dulce esposa Anita, y no tienen suficiente relevancia Pongo y Perdy.
El director Craig Gillespie tiene otros derroteros por indagar. Jugada arriesgada darle casi carta blanca al cineasta que nos impresionó con una oscura comedia como Lars and the Real Girl (2007) y un drama deportivo como lo fue I, Tonya (2017).
La estética, el ritmo y las líneas argumentales de su Cruella se acercan más a las producciones de los torturados superhéroes y villanos de la Marvel. Gillespie propone un sentido posmoderno y postfeminista. Por eso cuando Cruella se acerca al Disney clásico, es para revertirlo. Echa mano de algunas características de productos icónicos como Blancanieves (1937) y Cenicienta (1950) al usar lugares reconocibles como jovencita humillada hasta la saciedad, niña perdida que descubre su verdadera procedencia, joven abusada por madrastra sin alma, pero luego Gillespie manda a volar cualquier asociación a chica desvalida para contarnos la historia de una venganza, aunque en el fondo es para explicarnos por qué hay seres humanos que se vuelven malvados.
Cruella se distancia de Disney para beber de los conflictos de los personajes de filmes sobre cómics. Porque Cruella le adeuda su manera de proceder al protector de Ciudad Gótica (ambos pierden a un familiar querido ante sus propios ojos y pronto se activa un mecanismo de hacer justicia a su manera), al Joker (se mantiene la premisa de que el villano no nace siéndolo, las circunstancias de una sociedad complicada lo moldean) y Harley Quinn (trastornos psicológicos y humor letal).
Cruella le debe más a películas de los maestros Christopher Nolan y Todd Phillps. Cuidado, no estamos ante una película infantil al uso, ni ante un tímido remake (aunque funciona más como spin off). Estamos ante un producto sobre la culpa y sobre la pérdida. Todo en medio de una banda sonora fabulosa y un desfile de vestuarios de factura increíble.

Territorio hostil
Hay otra capa que explora Cruella: se adentra en los sinsabores de una novata diseñadora con ansias de triunfar que admira a una veterana colega. Aquí Craig Gillespie muestra que la moda aparenta estar dominada solo por los colores y un volátil buen gusto, aunque si acercamos el lente nos revela que es un territorio brutal. Esto último queda retratado en las vejaciones que sufren los empleados de La Baronesa (una fantástica Emma Thompson), una persona hedonista, individualista, egoísta, cruel.
Se crean paralelismos entre Cruella y The Devil Wears Prada (2006), de David Frankel. Y tendrían razón, sobre todo en la construcción del personaje de La Baronesa con el de Miranda Priestly (Meryl Streep), así como similar es el comportamiento sumiso de Estella con el de Andy Sachs (Anne Hathaway).
Aunque si quieren apreciar las sombras de la moda, enfocadas en las presiones que reciben las modelos, deben ver proyectos más acabados como Puzzle of a Downfall Child (1970), de Jerry Schatzberg; Prêt-à-Porter (1994), de Robert Altman y Models (1999), de Ulrich Seidl.
Doble exquisitez
Emma Stone está divina como Estella y Cruella. Estella se esfuerza por ser noble, complaciente, alguien que su madre le suplica que debe reprimir una fuerza que no entiende, aunque es una fuerza que sale a flote cuando le hacen daño. Obvio que Stone crece cuando entra en la piel de Cruella, alguien que no quiere complacer a nadie (salvo a ella misma), que aspira a ser diferente a los demás y desafía a un mundo que no comprende su genial crueldad.
La Cruella de Emma Stone está siempre rodeada de un espíritu punk, demoledor, de ruptura, que parece un homenaje a ese viento brusco que fue la irrupción en el universo de la moda de la diseñadora británica Vivienne Westwood.
Cruella, en las postrimerías de la película proclama en off: “Lo bueno de la gente malvada, es que siempre puedes confiar en que harán algo malvado”. Cuando pensamos que terminaremos esta crítica con una frase del tipo “Las chicas buenas van al cielo, las malas a todas partes” pasa algo en la valentía de su trama. Quizás por precaución, o porque la libertad no le alcanzó lo suficiente, Craig Gillespie reemplaza la dureza reinante por una ternura convencional en el segundo cierre tras la primera aparición de los créditos finales.
Ese giro se traduce en que Gillespie no tenía todo el control que se merecía (el que sí tuvo Nolan en Batman y Phillips en el Joker), porque se corría el riesgo de ser acusado de apología del delito. Después de ver su Cruella queda en el ambiente un olor a rebeldía, una proclama sobre que debemos vivir como cada quien lo crea correcto, una sensación retadora sobre el valor de tomar decisiones propias.

