En el Critterati, los perros son tratados a cuerpo de rey: camas mullidas, spa, veterinario las 24 horas y cerveza sin alcohol importada.
En la ciudad de Gurgaon (suroeste de Nueva Delhi), san bernardos, labradores y lhassa apsos disfrutan de unas atenciones con las que los 30 millones de perros errantes de India ni siquiera pueden soñar. Aquí, a los dueños de animales se les llama “padres”.
El cliente de cuatro patas tiene acceso a una cafetería, una piscina, una peluquería y un salón de masajes ayurvédicos. Este hotel para perros es un establecimiento de gama alta cuya comodidad es muy superior a la de otros refugios caninos.
“Ningún propietario de perro decente quiere dejar” a su animal en una perrera tradicional, explica Deepak Chawla, el empresario que abrió este establecimiento hace cuatro meses.
La suite más grande tiene una cama gigante con una cabecera cubierta de terciopelo, un televisor y una trampilla que da acceso a un balcón privado. En la cafetería, además de alimentos tradicionales como pollo y arroz, los canes pueden elegir entre panecillos, tortitas y helado.
El sabor a beicon es uno de los favoritos de los huéspedes. Ashish Arora, directivo de una cadena hotelera, no escatima gastos para su labrador Rubo, al que lleva en brazos. “Gasto bastante. Me da igual, es como gastar dinero para un hijo. El dinero no es algo importante, y esto merece la pena”, asegura. En el Critterati no se abandona al perro a su suerte. Los empleados del hotel miman a sus clientes.
El día “comienza a las 7:00 a.m. con un paseo para que hagan sus necesidades, luego llega el desayuno, después otro paseo, luego juegan durante unas dos horas, un poco de natación, más juegos y un rato en la cafetería”, explica Chawla.
Los amigos del dueño del hotel le habían avisado de que los animales podrían destruir las lujosas camas de su establecimiento. Pero “después de las 7:00 p.m., ya no tienen energía para romper o ensuciar nada, solo duermen”, asegura.
La finlandesa Katriina Bahri vive en India, donde regenta una panadería con su marido desde hace cinco años. Sentada en una banqueta de la cafetería, estudia el menú en compañía de Billoo, su lhassa apso.
“Me encanta la idea de permitirle vivir lo que vivimos nosotros. Creo que debería estar tan mimado como nosotros”, dice.
