La última vez que David Solís presentó obra en nuestro país fue en 2012, en la galería Habitante, y la muestra se llamó “Entre dos aguas”.
“Se trataba ya de las selvas densas y húmedas, de los troncos personificados, de las orillas, los linderos y marinas, leimotiv que desarrollo con un enfoque particular en esta exposición”, explica Solís, que nació en la ciudad de Panamá el 3 de julio de 1953, y que reside desde inicios de la década de 1970 en Montpellier (sur de Francia).
Su tercera exposición individual en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) la bautizó “Riberas”, en la que el paisaje istmeño en particular, y todos los que existen sembrados por el mundo (en especial los de Francia, Marruecos y Túnez) están en cada cuadro de esta muestra.
A este graduado de la Escuela de Bellas Artes de Marsella le atrae del paisaje, “su diversidad, su inmensidad, no poder abarcarlo en su totalidad, además del espectáculo cotidiano que nos muestra”.
Desarrolla el tema desde la exaltación de la belleza que encierra en sí mismo el medio ambiente. En su obra plástica también transmite el temor de perder esa hermosura salvaje como consecuencia del comportamiento irresponsable de una buena parte de los seres humanos.
“El paisaje está impactado por la actividad humana, a menudo de manera y expresión violenta. Mis ‘reinvenciones paisajísticas’ son maneras desviadas de interrogar la relación que existe entre el hombre y la naturaleza, a priori no hay personajes, pero son habitadas o lo fueron”, indica el artista, quien ha llevado sus pinturas a espacios culturales de Panamá, Francia, Estados Unidos, Costa Rica, El Salvador, Colombia, Perú, Ecuador, India, España, Grecia e Italia, entre otros países.
UN ENAMORADO
A David Solís le es imposible calcular cuánto de libertad creativa y cuánto de lo real hay en el resultado de sus cuadros. “Todo comienza con una sensación, una imagen o un recuerdo no bien definido que se integra a otros más lejanos y colectivos, y terminan creando una nueva imagen, evocando la mezcla de todos con más o menos de referencias reales. Es un trabajo de superposiciones complejas, notablemente por los óleos, que puede abarcar varios años”, plantea el pintor, que ha ido de la abstracción a la figuración y del paisaje a los bodegones, pasando por el retrato.
Está enamorado de las especificidades del medio ambiente panameño, aunque admite que también incluye en su labor “elementos comunes a otros paisajes, por ejemplo, con el paisaje de estanques y mar que hay donde yo vivo una gran parte del año en Francia”.
Entonces pinta y juega con esas referencias. “Por supuesto, impregnado de los paisajes de mi infancia en Panamá, lo que hace que me sienta en confianza con sus palmeras, sus palos de mango, sus lindes y parapetos. Siempre siento un inmenso placer al reencontrarme con sus luces, sus nubes y hasta con sus chaparrones”.
Tituló su muestra “Riberas” porque es el denominador común que “se ve en todas las obras que he escogido. Riberas como punto de encuentro entre tierra y agua, entre líquido y sólido. Se llega a una ribera, se sale de una ribera. Funciona, además, como una frontera, como un límite que hay que cruzar para llegar a otros límites. Una llegada, una salida, una espera, te reenvía a momentos de emoción, de contemplación, a momentos de interioridad”.
