José Franco es considerado el poeta vivo de la nacionalidad, honor que se ha ganado por su poesía nacionalista que ha blandido como espada de justicia en beneficio de Panamá y de los panameños. Esta vez, me referiré a su obra Memoria de la patria (2008), en la cual pone fin al tema del nacionalismo como motivo de su poesía. El poemario canta, con transparente frustración, al norte hacia el que es conducido nuestro país. Dista de su esperanzador poema Panamá defendida: “Sin embargo,/ mañana serás júbilo,/ podré mirarte alegre,/ oler tu casa limpia,/ sentir la aurora libre/ sobre tu patrimonio”.
Según los versos de Franco, existe un Panamá de miseria, hambre y muerte, el país de las mayorías: “Hay un país de muerte/ en los suburbios,/ un país que muerden/ los mastines del dolor/ que aúllan a la luna/ de las lamentaciones”. La imagen inmersa en los versos siguientes es más aterradora, aunque también es un depósito de verdades en torno a la realidad nacional: “En este país ruinoso/ los niños no mueren,/ sino como frutas podridas/ que recogen en los estercoleros”. Paralelo a este Panamá, convive otro, el de las minorías: “Hay otro país de sueños,/ de cuentos de hadas/ y de seres que vuelan/ por un cielo anaranjado./ Allí todo está hecho/ de luces primorosas,/ de aguas iluminadas/ en un estanque de plata”.
En medio de su desaliento, Franco esgrime su satisfacción por haber sido un panameño que, a través de sus acciones y de sus versos, ha cumplido siempre y de manera sincera con su patria. Sin que sus sienes aspiren a los laureles, el poeta se manifiesta pagado por los efectos de su poesía, por lo que (del mismo modo que Miguel Hernández le canta a Madrid que es su casa y que es su vida) nuestro vate manifiesta: “Panamá, eres mi estuario,/ altivo vivo a tus pies,/ si lejos muero una vez/ procúrame tu santuario./ Quizás el escapulario) en la pura dignidad,/ comprenderá mi verdad/ deshojada por el viento,/ a veces fui pensamiento,/ casi siempre soledad”.
El hablante emula a Jesucristo; sabe que sus versos son certeros, que sus imágenes bien logradas, junto a la verdad que simbolizan, tocan polos de poder que provocan escozor en las élites dominantes. El poeta Franco solicita (para él) una corona de espinas similar a la que se le impuso a Jesucristo por denunciar la injusticia de su tiempo: “Venga esa corona de púas/ sobre la frente llagada del poeta,/ lastimen dentro de su alma/ el último latido de su corazón./ Ahora pueden devorarlo los buitres,/ sacarle los ojos,/ y dejarlo, ya de una vez/ con su mueca postrera”.
José Franco introduce Memoria de la patria con versos desalentadores: “Anoche caminé mi ciudad/ los barrios bajos dejaban/ oler su inmundicia/ de orinal podrido y sórdido,/ deambulaban los orates,/ las prostitutas exhibían/ sus mercancías desdichadas”. Panamá clama por la justicia social para resolver sus problemas, espera que ésta actúe como ente redentor, pues solo el día que haya un mejor reparto de las riquezas, Panamá podrá sentirse orgulloso de ser un país realmente soberano. También denuncia los efectos neoliberales sobre el panameño común y desviste el impudor de la entrega de nuestras riquezas a las transnacionales: “Han vendido el agua de tus ríos/ la mar como la luz eléctrica,/ la voz de los teléfonos,/ los puertos,/ el aire que respiramos/ ya está a la venta”.
Memoria de la patria es una despedida, el mensaje de un panameño comprometido con su país, quien puede ser comparado con Pablo de Tarso, quien cuando supo cercana su muerte señaló: “He reñido una empeñada batalla, he cumplido mi misión, ahora solo me queda esperar el galardón de la justicia divina”. De ese modo, Franco afirma: “Patria, es la última vez que te escribo./ Te dejo mi dolor/ por el precio que te han puesto…/ Te han vendido/ en el burdel de la mundialización/ en nombre del progreso”. En este poemario, el poeta ya no posee los bríos enarbolados durante su juventud en Panamá defendida cuando decía: “Mañana,/ te lo juro,/ cantaremos/ un himno/ por la vida’.
El autor es lexicógrafo y profesor
