LABOR HUMANITARIA

La pandemia tampoco olvida a los indigentes

La pandemia tampoco olvida a los indigentes
Los habitantes de la calle no tienen posibilidades de hacer ningún tipo de cuarentena: ellos están en la calle, afirma Adrián Almeida, director de Remar. Archivo

El coronavirus sacará del anonimato a los indigentes. Hasta la fecha, ninguna medida de contención del virus toma en cuenta a los residentes de la calle, alrededor de 300 en la capital. Ningún protocolo de emergencia los menciona. Nada se dice de ellos en las cifras reveladas. Pero ellos sí podrán ser protagonistas las 24 horas del día.

Solo es cuestión de tiempo. La condición andariega los convertirá, más pronto que tarde, en transmisores de la enfermedad. Los cercos sanitarios serán insuficientes. En las calles no habrá precaución que valga. “Son población vulnerable y pueden propagar el virus”, anticipa Adrián Almeida, director del centro de rehabilitación Remar.

Por un lado son receptores de la turbiedad humana, remando su existencia a cambio de nada. Y por el otro, una suerte de talingo presente en las esquinas.

Esta doble condición se aprecia en la descripción de Ana Melissa Rojas, psicopedagoga y ex subdirectora de Gestión Social durante la pasada administración del municipio capitalino. “Los residentes de calle, que deambulan por la ciudad de un punto a otro, dependen de un sustento sumamente informal conseguido por si mismos. Carecen de medios para suplirse sus necesidades esenciales”, recuerda.

No tienen alimentos ni acceso a los servicios básicos. Menos, un techo en la noche. “En la capital no hay albergues para el residente de la calle. Para que vaya a diario a recibir ropa limpia, se duche y reciba aunque sea un tazón de sopa y pueda retomar su camino”, se lamenta Rojas.

Sin techo

La falta de albergue los hace víctimas de una paradoja, cruel si se quiere en cuanto a ellos, letal ante los demás. El toque de queda de 9:00 p.m. a 5:00 a.m. decretado por el presidente de la república, Laurentino Cortizo, obliga a toda la población a permanecer en casa. Las excepciones taxativas nunca mencionan a los indigentes.

“No tienen posibilidades de hacer ningún tipo de cuarentena: ellos están en la calle”, apunta Almeida. Su sistema inmunológico los vuelve candidatos ideales para este y cuantos virus sigan en camino. “La malnutrición, el alcohol y las sustancias psicoactivas” consumidas consuetudinariamente, les reduce las defensas.

Sin programas que los cobijen ni protocolos que los protejan, el estatus de ellos empeora con el coronavirus. “Suspendimos el desayuno que les damos a esas personas, pero les estamos dando un buen almuerzo”, apunta Ariel López, director del Centro de Orientación de la Fundación Juan Pablo II de la Arquidiócesis de Panamá, con puntos de atención en la capital y en La Chorrera.

Este centro recibe diariamente 120 personas, algunas de ellas residentes de calle, y otras, trabajadoras sexuales. Antes de servir el alimento al medio día, López y su equipo les toman la temperatura a los comensales. “Pasamos con el aparato que les mide el calor corporal, en medio de medidas de prevención. Algunos [ya] han sido referidos a los centros médicos”.

El centro Remar sigue atento al llamado de las autoridades locales después de haberse ofrecido a regentar algún lugar para recibir a los ocupantes de la calle. “Por un protocolo interno nuestro, les cerramos el ingreso a las personas que vienen de afuera”, advierte Almeida. Remar, con 9 centros de rehabilitación, atiende a 400 personas, 107 de ellas adultos mayores. Y sirve a enfermos mentales o pacientes con enfermedades crónicas o terminales.

El centro dirigido por López también tiene las defensas bajas. “Nos retiraron las asistencias, pero tendremos las puertas abiertas hasta agotar las reservas de alimentos”, promete López.

Perduran los talleres espirituales y de rehabilitación y la entrega de medicamentos para indigentes con trastornos psíquicos o portadores de infecciones sexuales. “Hay personas que nos siguen enviando comida. En algún momento llegaremos a dar alimentos a base de vegetales. Pero igualmente permaneceremos abiertos para atenderlos a ellos”.

Son gentes sin vínculos familiares ni de otra índole, aunque asisten al centro de la Fundación Juan Pablo II para descansar del vértigo de vivir al borde del precipicio. Allá les venden ropa a un precio simbólico de un centavo por prenda. Los asistentes adquieren una camisa, un pantalón o un par de zapatos a cambio de las monedas que regatean en las calles. “Con ese dinero compramos jabones para los privados de libertad”, agrega López.

La pandemia estrecha las relaciones de las iglesias cristianas evangélicas. Por ahora cunde la solidaridad entre esos templos, sabiendo que avanza el tiempo y que los panes dejarán de multiplicarse si no se toman medidas de rigor.

“La mayoría de estas iglesias se quedan sin alimentos. Muchas de las personas que hemos retirado de las calles, van a volver a ellas. Varios pastores me han llamado a pedir ayuda”, dice López.

El Remar, por su parte, hizo aprovisionamientos de comida antes del anuncio oficial de la llegada del coronavirus al país. “Tenemos alimentos para un mes”, proyecta Almeida.

Por el momento, Remar sortea su incapacidad para acoger más gente, en la cruda realidad de confinar a 20 o 25 personas durante el tiempo que sea necesario. Una cosa es el aislamiento para una familia de cuatro integrantes en una casa de 100 metros cuadrados. Pero otra muy diferente hacerlo con más de una veintena de personas bajo el mismo techo, como sucede en los centros de Remar.

“En los operativos de asistencia realizados por la Alcaldía pasada —hoy se hacen también—, contabilizamos alrededor de 500 residentes de calle en el área comprendida entre Pacorá, los límites de San Miguelito y Panamá Oeste”, precisa Rojas. (Valdría la pena saber qué pasa con los 200 indigentes que median entre la actual administración capitalina y la pasada).

En el radio de acción aludido se detectó el 46% de los casos de Panamá, según las cifras reveladas el viernes. “Puede suceder que alguno de esos habitantes de la calle se hubiese contagiado, y al margen de ello se seguirá movilizando por toda la ciudad. Por obvias razones, está expuesto y expone a los demás”, avisa Rojas.

Nadie lo ha advertido. Pero en la población deambulatoria se mueve uno de los focos de contagio universal de la pandemia.

Consultado Israel Cedeño, subdirector de Gestión de Riesgo del Ministerio de Salud (Minsa), sobre los residentes de la calle, el funcionario sostiene que “en general”, el Minsa trabaja en planes de atención para esa población, junto con la Alcaldía y el Ministerio de Desarrollo Social.

Anuncia que “se tendrá un espacio” para poner en cuarentena o aislamiento, “según sea el caso”. Esta medida se acompañaría de un tratamiento, alimentación y seguimiento.

“Hasta ahora, ningún caso obedece a esta población”. Si hay merito para una hospitalización, esta se haría en los hospitales del Minsa, según la región.

La pandemia tampoco olvida a los indigentes
En la capital hay unos 300 indigentes.Archivo

Situación de los residentes de calle es ‘una bomba de tiempo’

Como una “bomba de tiempo” calificó Fralk Archibold, líder de la Iglesia Bautista del Calvario (Calidonia), el estatus de los indigentes de esa zona, con el Covid–19. Este centro religioso, junto a voluntarios, brinda alimentos dos veces por semana a 250 personas que viven en las calles del corregimiento. No obstante, algunos llegan con problemas de salud.

“Seguimos las medidas del Ministerio de Salud (Minsa) para utilizar guantes y mascarillas. En estos tiempos ellos no tienen alimentación y muchos centros de rehabilitación no los reciben por miedo al contagio”, puntualizó Archibold.

Este templo recibe donaciones de chefs y de restaurantes. Los religiosos les reparten comida caliente a indigentes y residentes de la comunidad sin empleo.

Según Archibold, pareciera que “nadie se interesa por estas personas, que pueden volverse un foco de contagio para la comunidad”.

“Lo mejor sería que en tiempos de emergencias como ahora, se manden a profesionales para atenderlos o llevarlos a un lugar donde sean atendidos”, manifestó.

La vicealcaldesa Judy Meana informó que el Municipio de Panamá busca un sitio donde resguardar a los indigentes, pues los centros de rehabilitación, por de seguridad, limitan el acceso para proteger a sus internos.

“El Ministerio de Desarrollo Social y el Minsa nos apoyarán con personal, puesto que son personas [los indigentes] que consumen drogas y cuando se aislan pasan ese periodo de desintoxicación, que es fuerte, y algunos se tornan violentos”, detalló.

La funcionaria estimó que atender a los residentes de la calle, alrededor de 300, costará no menos de 500 mil dólares. Destacó que la estrategia con los indigentes precisa una comunicación constante con iglesias y fundaciones con albergues para internar a los que resulten negativos en las pruebas de coronavirus.

La Dirección de Gestión Social, aseguró Meana, elaboró un plan en el cual se están definiendo acciones.


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