En la frontera entre Marruecos y el enclave español de Ceuta, miles de mujeres caminan con la espalda encorvada bajo el peso de los fardos de mercancías que transportan, una labor agotadora que es parte de un comercio estructurado y próspero.
Los marroquíes las llaman hamalates (portadoras), y los españoles “mujeres mulas”, por los paquetes que llevan en su espalda como animales de carga.
Todavía es de noche cuando un grupo de ellas forma una fila ante el pequeño puesto fronterizo reservado para los peatones, en una colina que domina las aguas del Mediterráneo, entre la ciudad marroquí de Fnideq y la localidad española de Ceuta, que goza de un estatuto de puerto franco.
Al amanecer, tras los controles de rutina, las portadoras entran en este pequeño territorio español de 18.5 km2. “¡Es la primera vez que hago este trabajo!”, dice Fátima, una treintañera que viste una chilaba roja y se cubre el pelo con un pañuelo.
El camino lleva a una zona comercial construida en 2004 cerca de la aduana. Hay todo tipo de mercancías en inmensos cobertizos con techos de chapa ondulada: ropa importada de China, productos domésticos y alimentarios, objetos de decoración...
En la entrada de cada almacén, decenas de “mujeres mulas” siguen las instrucciones: no están aquí para elegir la mercancía ni negociar, solamente para transportarla.
Cargan con inmensos sacos atados y recogen una nota en la que se indica el dinero que cobrarán cuando cumplan con su misión. “La cuerda me hace daño (...), el saco es muy pesado, me dicen que pesa 50 kilos”, lamenta Fátima con la espalda doblada por el peso.
Fátima y las demás emprenden el camino de regreso, entregan la mercancía en Fnideq, que no está sometida a ningún impuesto al contrario de las que se transportan por vehículo a través del puesto fronterizo oficial.
Se calcula que 15 mil mujeres se dedican a este trabajo que ha sido denunciado por oenegés marroquíes y españolas como una “situación humillante y degradante” de esas mujeres que trabajan jugándose la vida.
