Cuando el periodista de la cadena CBS Ed Bradley le preguntó en febrero de 1997 a la entonces secretaria de Estado estadounidense, Madeleine Albright, si todavía seguía pellizcándose después de lograr el cargo hacía algunas semanas, Albright cándidamente le respondió: “cada mañana”.
“A veces, me despierto en la mañana y siento que tuve un sueño muy bonito y me pregunto: ¿acaso es real?”, agregó en aquella entrevista en el programa 60 Minutos.
Para Albright, el ser nombrada por el presidente Bill Clinton como la máxima titular de la diplomacia de Estados Unidos representó un gran logro en su carrera. Una ocupación que consiguió tras una vida turbulenta marcada por la persecución, ya que junto con su familia tuvo que huir del fascismo de la Alemania nazi y de la opresión del estalinismo.
Albright nació en 1937 en Praga, la entonces capital de la antigua Checoslovaquia. Sus padres, Josef y Anna Korbel, la bautizaron con el nombre de Marie Jana Korbelova. Fue la primera de tres hijos.
Madeleine Albright. Su ánimo y sus broches
Madeleine Albright decía que si la gente quería averiguar su estado de ánimo, simplemente tenía que mirar sus broches. En una entrevista a la ‘CBS’, detalló que en los días felices usaba flores, globos y mariposas, mientras que en los días malos, arañas e insectos.
Su padre era el agregado de prensa de la embajada checoslovaca en Belgrado, capital de la antigua Yugoslavia, y además fue colaborador del primer presidente de la era democrática de Checoslovaquia, Tomas Masaryk, y de su sucesor Edvard Benes, de acuerdo con una semblanza del New York Times.
Vivió en Londres entre 1940 y 1941 y de esa época recuerda tener que protegerse de los bombardeos de la Luftwaffe, ya sea escondiéndose en un refugio o debajo de una mesa.
En 1941 y debido al panorama incierto para los judíos tras el avance de las fuerzas de Hitler en Europa, los Korbels decidieron convertirse al catolicismo, y a partir de entonces iniciar prácticamente una nueva vida, entre cuyos ritos y tradiciones forjarían sus nuevas identidades.

Ya en la adultez, Albright supo que su familia era de origen judío y no como siempre pensó gracias al Washington Post.
De adulta también supo que sus abuelos habrían fallecido en el campo de concentración de Auschwitz.
Siete años después de empezar aquella nueva vida, y con al Segunda Guerra Mundial en el pasado, tuvo que escapar de nuevo, esta vez tras la llegada de los comunistas al poder en Checoslovaquia en 1948.
En ese entonces, su padre se negó a regresar a Praga, decidió renunciar como diplomático de su país ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y pidió asilo político en Estados Unidos. Albright se convertiría en ciudadana estadounidense en 1957.
Promitente carrera
Los vastos conocimientos de Albright en el campo de las relaciones internacionales le valieron diversos cargos de renombre, como consejera del presidente Jimmy Carter o asesora de los candidatos presidenciales del Partido Demócrata Walter Mondale (1984), Michael Dukakis (1988) y Bill Clinton (1992). Este último terminaría siendo el cuadragésimo segundo presidente de Estados Unidos.
Después de tomar posesión en 1993, Clinton la nombró como embajadora de Estados Unidos ante la ONU, donde mantuvo una fuerte confrontación con el entonces secretario general del organismo, Boutros Boutros-Ghali, respecto a las operaciones de paz de las Naciones Unidas en países como Somalia, Ruanda y Bosnia.
La delegación estadounidense apoyaba entonces las duras resoluciones que emanaban del Consejo de Seguridad, no así operaciones sobre el terreno para detener las atrocidades y los crímenes de guerra.
Más tarde, Albright retractaría su posición al respecto en el libro Madam Secretary (2003), en el que admitió: “mi más grande arrepentimiento en mi trayectoria de servicio público es el fracaso de Estados Unidos y la comunidad internacional para actuar pronto y detener estos crímenes”.
En 1996, Albright fue nominada para la Secretaría de Estado y se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo, destacándose por articular la política exterior de Clinton en relación con sus esfuerzos por detener la limpieza étnica en Kosovo a menos del régimen serbio de Slobodan Milosevic. En esa postura, apoyó las operaciones militares –bombardeos incluidos– de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) para detener el genocidio.

También resaltó su política de continuidad a las sanciones económicas a la Irak de Saddam Hussein en contra del desarrollo de armas nucleares.
Además, Albright era partidaria de la expansión de la OTAN con la inclusión de países postsoviéticos al bloque de defensa y, por otra parte, visitó al entonces líder norcoreano Kim Jong-Il para intentar limitar su programa de misiles balísticos, aunque de manera infructuosa.
Al finalizar su gestión, siguió estando presente en la opinión pública internacional a través de su continua participación en foros internacionales. También escribió varios libros, en los reflexionó sobre su paso por la diplomacia estadounidense y alertó sobre los peligros del fascismo. Algunos fueron Fascism: A Warning (2018) y Hell and Other Destinations (2020).
Albright también abogó por la plena inclusión de la mujer en todos los ámbitos de la vida e incluso llegó a decir que “hay un lugar especial en el infierno para aquellas mujeres que no ayudan a otras mujeres”.
Hasta su último aliento, estuvo pendiente de la actualidad internacional, especialmente de la vigente guerra en Ucrania. “En vez de pavimentar el camino de Rusia hacia la grandeza, invadir Ucrania cimentaría la infamia de Vladimir Putin dejando a su país diplomáticamente aislado, económicamente resquebrajado y vulnerable estratégicamente frente a una alianza occidental más unida y fuerte”, dijo a finales de febrero en un ensayo en el New York Times.
Madeleine Albright murió el pasado miércoles 23 de marzo. Tenía 84 años de edad.

