La porción empastada de queso prensado tiene solo una regla que seguir para que su sabor se conserve como si se tratara del primer momento en que sale de la taller de quesería a la vitrina.
Un estudio de la Sociedad Química Americana se puso en la tarea de evaluar y medir la temperatura perfecta para el tan gustado manjar salado, y así evitar echar a perder las rebanadas o trozos que aplica, según la preferencia para cada uno.
La investigación surgió de la demanda cada vez más constante en las exportaciones de queso, no solo de Europa a América, sino en vía contraria. El queso es un producto que requiere de ciertos consentimientos para mantener su textura siempre apetecible y agradable al paladar.
En Estados Unidos, los hispanos representan el 17 % de los habitantes, lo que significa que sus hábitos de consumo y, en especial sus preferencias gustativas, se trasladaron en conjunto con estos ciudadanos al lugar de su nuevo establecimiento.
Tanta influencia marcaron los hispanos en la sociedad norteamericana que el gobierno permitió el alimento, es decir, el queso fresco o prensado, en las meriendas escolares desde 2015.
“Los estándares de frescura permitieron la inclusión de queso fresco (prensado) y otros alimentos en el Programa Nacional de Almuerzos Escolares”, de acuerdo con el presentador del estudio, Michael H. Tunick, en un reporte de la publicación Science Daily.
Por tanto, llegó a los centros escolares otro aluvión de consumo masivo del mencionado queso.

El queso fresco se consume tradicionalmente recién hecho, de ahí su nombre, pero también puede refrigerarse durante semanas, mediante una exigente conservación. El equipo del investigador Tunick usó una técnica de química física para examinar la textura y la estructura del queso durante la refrigeración.
“En un esfuerzo por comprender más acerca de la química física de este producto y su impacto en la vida útil, se realizaron estudios reológicos y microestructurales en muestras refrigeradas a 39° Fahrenheit (3.88 celsius) y 50° F (10° Celsius), durante hasta ocho semanas”, dijo Tunick.
Descubrieron que el almacenamiento a una temperatura típica del refrigerador doméstico es de 39 grados F., lo que permite que el queso conserve su textura característica durante dos meses. Sin embargo, se produce una falla en la estructura a 50 grados F., la temperatura estándar en las vitrinas de los supermercados.
Los estudiosos recalcan que a temperaturas más bajas, el producto derivado de la leche se vuelve más duradero. Sin embargo, admiten que los comercios no siempre están dispuestos a invertir en más energía de la necesaria. “Las tiendas pueden mantener el queso a una temperatura más baja, pero la refrigeración adicional cuesta dinero”, destaca por su lado la publicación de Science Daily.
Los investigadores pusieron a prueba la textura del queso sometido a diferentes temperaturas. Notaron, con ayuda del microscopio electrónico, que mientras se daba un aumento de calor en el ambiente, la estructura del queso iba menguando, haciéndose deforme. “La textura se vuelve más débil y más desmenuzable”, explicó Tunick.
Una de sus observaciones es que incluso el queso desmejora su consistencia al ser extraído de la vitrina y luego ser llevado a casa por sus comensales.
La investigación halló también que el “almacenamiento a una temperatura típica del refrigerador doméstico es de 39 grados F (3.88 celsius), la cual permite que el queso conserve su textura característica durante dos meses”, destaca la citada publicación.
Aunque la prolongación de la durabilidad del queso puede ser amplia, los expertos recomiendan consumirlo preferiblemente días antes de su fecha de preparación.
Orígenes del queso
