Año 250 d.C. Roma. La ferocidad de las llamas se abre paso en una de las domus aristocráticas del Celio, la colina que circunda el sureste de la capital del imperio romano.
El incendio, que debía destruir todo lo que encuentra a su paso, causa todo lo contrario: el tiempo se detiene y cristaliza para siempre los restos vitales de aquella lujosa casa perteneciente a la época imperial.
Un milagro que ha salido a la luz mil 800 años después, gracias a las obras de construcción de la tercera línea del metro y que el Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia analizará a fondo.
Como suele ocurrir en Roma cada vez que los obreros perforan el suelo, el hallazgo de esta mini-Pompeya, como la han bautizado los periódicos italianos por su semejanza con la ciudad sepultada por el Vesubio, obligó a paralizar las excavaciones.
“El incendio en este ambiente nos permite imaginar la vida en un momento preciso”, explica el superintendente de la capital Francesco Prosperetti.
A nueve metros de profundidad se han topado con un fragmento de mosaico en blanco y negro que decoraba una de las paredes de la casa; un fresco pictórico que ocultaba las tuberías por donde discurría el agua caliente para caldear la habitación en los meses invernales; una viga de madera con un clavo de hierro que sostenía el techo estructural del edificio y hasta una pieza de fina carpintería como la pata de una mesa. “Es muy raro encontrar este tipo de materiales orgánicos de épocas tan antiguas”, destaca Prosperetti.
La casa se sitúa en el mismo perímetro donde el año pasado se encontraron los restos de un cuartel del ejército imperial. Se atribuye a la morada de un alto cargo militar por la riqueza de los adornos, el mobiliario de madera y la existencia de un sistema moderno para calentar la habitación.
El único miembro de la familia que no logró salvarse de morir carbonizado fue el perro.
