Temprano en la mañana, a orillas del río Matías Hernández, cerca de la desembocadura en Costa del Este, Juan Mosquera, Freddy Romero y Yolgerson Velásquez se ajustan el mono, guantes y botas de goma, poco antes de empezar su “batalla” contra el muladar de plástico que yace en la barrera o BOB, instalado a principios de año para tratar de contener la contaminación que envenena el océano.
En los 70 metros de extensión del BOB (de la expresión “barrera o basura”) hay incrustados tanques, foam, juguetes, troncos, neveras, colchones, bolsas y, sobre todo, botellas plásticas. Muchas. El 90% de los desperdicios que se retienen son recipientes de líquidos, apunta Anthony Cervantes, encargado del mantenimiento del BOB.

El impacto del plástico en miniatura
Cuando llueve seguido, la basura baja por la corriente del río y se amontona poco a poco en la barricada, pero cuando cae un aguacero fuerte luego de varios días de sol, la cantidad de desechos “es impresionante”, comparte Cervantes, con la experiencia ganada desde el 20 de febrero pasado, cuando el proyecto se concretó.
La faena de limpieza en la valla ambiental puede tomar entre dos y cinco días, según la cantidad de basura atrapada, que luego es depositada en un contenedor contiguo para, finalmente, llevarla hasta el vertedero.
¿Lo peor que se ha atorado en el BOB? Los animales, a veces vivos, muertos la mayoría de las ocasiones. Aves, tortugas, lagartos y otras especies quedan atrapadas en el plástico hasta que mueren.
También han encontrado decenas de jeringas y otros objetos punzantes, entre otros materiales peligrosos.
Nace el proyecto
La idea del BOB rondaba hace un par de años las cabezas de un grupo de ciudadanos con “ganas de hacer algo por el ambiente”. Testigos de la proporción de inmundicia arrastrada por los ríos hasta el mar, trabajaron para hacer realidad el BOB bajo el paraguas de una organización sin fines de lucro que establecieron con el nombre de Marea Verde, cuenta Sandy Watemberg, gerente de proyectos de la fundación.
Se estudiaron varios tipos de cercas acuáticas que permitieran el flujo de peces y otras especies para no impactar el ambiente. Y escogieron el sistema BOB empleado en Estados Unidos. Concretar el proyecto requirió de unos 40 mil dólares, producto de donaciones de particulares.
Se instaló una línea de la barrera y de inmediato tuvo que ser reforzada para sostener la basura que no paraba de acumularse.
Es frustrante ver cómo con cada lluvia el BOB recibe más y más plástico, se lamenta Cervantes. “Uno pensaría que poco a poco el volumen de basura disminuiría, pero no. Las personas siguen tirando desperdicios al río. Neveras, colchones... Muchas veces el BOB no resiste y la basura pasa hasta el océano”.
Tomaron fotos del BOB en acción, grabaron videos y entonces se puso en marcha la campaña de concienciación en redes sociales, el principal objetivo del proyecto, destaca Watemberg, porque si bien el BOB retiene mucha basura que iría directo a contaminar el mar, no es suficiente: “La verdadera solución está en el cambio que cada persona pueda hacer reciclando, consumiendo menos o, al menos, no tirando sus residuos a los ríos”.

Luego de seis meses, la barrera de Marea Verde ha evitado que unas 30 toneladas de basura terminaran en aguas oceánicas, estima Watemberg.
Otros resultados de la iniciativa: se han sumado empresas como Panamapro, que donó una red que hace más eficiente al BOB; y Panamá Waste Management, que se encarga del transporte de los desperdicios; y cada vez que se convoca una jornada de limpieza de playas y manglares, la respuesta de la ciudadanía es alentadora.
Según el informe Plásticos de un solo uso (2018), de ONU Medio Ambiente, el 79% de las 9 mil millones de toneladas de plástico que se han producido en el mundo han terminado en la vasta extensión oceánica, afectando mortalmente a unas 600 especies marinas y al 90% de las aves marinas.
Se estima que en el océano flotan 5 billones de trozos de plástico.
