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COSTUMBRE

El mundo perdido de los pastores de llamas

La profesión del pastor tradicional indígena, apegado a hechos ancestrales, está cerca de la extinción.

El mundo perdido de los pastores de llamas
El mundo perdido de los pastores de llamas

Vientos arrasadores, heladas nocturnas y un sol abrazador al mediodía hacen difícil la vida en el árido altiplano de los Andes bolivianos. Sin embargo, un animal dócil y de apariencia frágil señala el secreto de la supervivencia desde hace milenios en este paisaje hostil: la llama.

Altiva y grácil, la llama se pasea en manadas dispersas por estas pampas desde hace más de 4 mil años, cuando la domesticaron pueblos anteriores a los incas. En contraste, la figura del hombre que les rodea pareciera estar debilitándose y la profesión del pastor tradicional indígena apegado a costumbres ancestrales pudiera estar en extinción.

“Está desapareciendo el llamero tradicional influenciado por la modernidad y los proyectos de desarrollo. Ahora se ve pastorear a ancianos y niños”, apunta la antropóloga y docente Carla Rodas.

La amistad entre especies

Francisco Téllez, de 59 años, tiene una conexión especial con sus animales. “La llama me entiende. ¡Fiu! Silbo y me reconoce. Me quiere porque pastamos en el mejor lugarcito. Aquí vas a comer, le digo, y come”. “La llama se comunica con movimientos. Algunos le llevan a ‘warakaso’ (golpe en aymara). Acá arreamos. Hay que hacer con cuidado y quiere a su dueño”, agrega este experto silbador.



En las afueras del pueblo de Santiago de Machaca, 140 kilómetros al suroeste de La Paz, se observan más llamas y alpacas que gente. Los pastores envejecen; los jóvenes se han marchado.

En la vasta planicie

El estiércol seco aviva el fuego en el fogón de barro de Genoveva Usnayo. Su marido, Genaro Arce, salió a las 5:00 a.m. bajo un frío gélido a buscar ocho llamas extraviadas. Ella teme que algunos zorros o perros vagabundos hayan atacado.

Afuera el sol despunta y en el corral de adobe unas 200 hembras y sus crías se impacientan por salir a pastar, pero deben esperar a que el pastor regrese. Hay que reunirlas de nuevo a todas para que aprendan a cuidarse, dice Genaro, indígena aymara de piel curtida que bordea los 70 años.

Los machos pastan aparte, así no acosan a las hembras. Uno blanco, alto, de patas robustas, ha sido escogido para engendrar. “Los testículos valen, no vale el ejemplar”.

El mundo perdido de los pastores de llamas
El mundo perdido de los pastores de llamas

El pastor lleva una radio portátil al hombro. Mientras arrea, escucha música y noticias en aymara para conectarse con la realidad desde sus soledades.

Imperio

Gracias a la llama, los incas expandieron su imperio por lo que hoy es Bolivia, Perú, Ecuador, el sur de Colombia, el norte de Chile y Argentina hasta que llegaron los colonizadores españoles montados a caballo.

Adaptados a la altura y a los pastos pobres en nutrientes de la puna, los camélidos sudamericanos viven a lo largo de los Andes hasta la Patagonia entre 3 mil 800 y 5 mil metros de altura.

Su población se calcula en 7.5 millones y la mayor concentración de llamas está en Bolivia; la de alpaca y vicuña, en Perú.

Caravanas

Desde siempre, estos animales han proporcionado lana, carne, cuero y han sido un medio de transporte en estas tierras remotas hasta que aparecieron los camiones. En otros tiempos era común ver llameros y llamas caminando en caravanas llevando papa, sal, carne seca y quinua para hacer trueque en el valle y la costa.

El mundo perdido de los pastores de llamas
El mundo perdido de los pastores de llamas

Una vez al año, los pastores y sus familias trasquilan lana y venden en bruto. Es el vínculo con el mercado y la base de la economía familiar. La fibra de vicuña es la más fina. El dinero les permite sobrevivir, ya que la agricultura es pobre y escasa. Cultivan papa y quinua para al autoconsumo y cebada para el ganado.

Cuando sus menesteres de pastora le dejan tiempo, Genoveva hila y teje a mano para los suyos usando técnicas tradicionales. Su mano hábil pone a bailar una rueca rústica que dibuja círculos en la tierra como un trompo para alisar y estirar la fibra. Imposible competir con la lana sintética y barata que satura el mercado. La ropa que hacen la usan en celebraciones o como símbolo de autoridad.

María, la menor de sus hijas, es la única que vive con los ancianos. Otros cinco migraron a las ciudades. En los andes bolivianos es el común denominador: los hijos se van. Aquí se quedan los viejos y los niños para arrear ganado.


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