Al mal tiempo, buena cara. Nos invade una pandemia, que es catástrofe y tragedia. Como un tsunami. No podemos perder el ánimo ni el optimismo. Sería lo último. No se trata, esperemos, del juicio final.
Según el indicador del empleo, en los primeros dos meses de confinamiento se suspendió el contrato de más de 100 mil trabajadores. Veremos si podrán retornar a sus labores. Y si se suman los cesantes precovid, se calcula una cifra de 150 mil, que en ocho meses superará los 300 mil.
En agosto pasado, el desempleo se situó en el 7.1%. No se computa el 40% de la población de economía activa, buena parte profesionales de la economía informal. En agosto de 2018 esa cifra representó el 6.1%, alarmante entonces; y de ella, el 8.8% correspondía a mujeres. Esos números están por duplicarse, si bien existe el plan de flexibilizar, a paso lento, la vuelta al trabajo.
Es un mundo de reinvenciones en el que la tempestad y la incertidumbre le ganan a las buenas intenciones y al ánimo de prosperar.
En un foro organizado por el magnífico grupo de reflexión Trinka (saberes en lengua indígena), el ponente experto Elvis Polo se enfocó en la necesidad de un diálogo laboral para afrontar esta peripecia. Se sumaron muchos participantes a su propuesta. Palabras y frases muy promocionadas: conciliación, mediación, mesa de diálogo, acuerdos mutuos, flexibilidad, construir puentes, negociar con disposición de éxito.
Esta crisis es superior y más apabullante que la que afrontó el presidente Endara después de la invasión de Estados Unidos. Empresarios y trabajadores negociaron acuerdos satisfactorios. Y en medio de esta pandemia empresarios y empleados dialogan y pactan con la mediación estatal. Los acuerdos Capac–Suntracs.
Se baraja hasta dónde puede llegar al desconfinamiento para el retorno gradual y por sectores al trabajo. Se debate entre un grupo que favorece el mercantilismo sobre la salud de la gente, y viceversa.
La sensatez aboga por la supervivencia de cada ser humano. Casi 200 compatriotas fallecieron en esta tragedia y decenas de otros están en situación delicada de salud infectados. Cada muerte, aunque sea de un anónimo, nos mata a cada uno de nosotros. La sentimos como propia, nos duele, pensamos en la tragedia familiar que implica, y nos estremece.
Se desempolvan iniciativas encomiables como la adopción en cada empresa de un comité de salud, que evalúe en cada caso medidas de prevención y protección. Y la aplicación de protocolos de bioseguridad en favor de los empleados en sus puestos de trabajo.
Alternativas como el desembolso de una parte o el total de la prima de antigüedad; flexibilizar el horario laboral; teletrabajo para empleados con funciones susceptibles de cumplirse fuera del puesto laboral; y reformar el Código de Trabajo. Muchas ideas de posible negociación.
El autor es docente y periodista