El sol ya ha caído cuando cruzamos el puente de Gamboa. En el histórico pueblo de la provincia de Colón, a unos 25 kilómetros de la ciudad de Panamá, el silencio solo es interrumpido por el canto de las ranas túngara.
Está bastante oscuro, pero gracias a las instrucciones de un bombero, nos desplazamos dos calles más y llegamos al nuevo laboratorio del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), que fue inaugurado en septiembre pasado.
En la entrada hay un grupo de visitantes, principalmente familias. Es “noche de murciélagos” en el laboratorio de la Dra. Rachel Page, un evento gratuito y abierto al público que se realiza el primer domingo de cada mes, desde las 7:00 p.m.
El público puede ver murciélagos vivos que son capturados con redes de niebla, e interactuar con los científicos que desarrollan varios estudios sobre estos mamíferos, quienes les hablarán de su biología, hábitos e importancia en la naturaleza.
GRAN DIVERSIDAD
Envueltos en un halo de misterio, superstición y mitos que los asocian con el mal y con enfermedades, los murciélagos suelen ser temidos. A menudo se piensa que todos se alimentan de sangre, cuando en realidad de las más de mil especies que hay en el mundo, solo unos tres son hematófagos.
Mostrando imágenes y videos, el científico Gerry Carter habla sobre las distintas especies de murciélagos, cómo varían en su aspecto, dieta, adaptaciones, comportamiento social e importancia ecológica.
Un murciélago vampiro es exhibido dentro de un recipiente transparente y la investigadora Victoria Flores muestra un ejemplar de otra especie. La gente los mira con asombro.
Carter explica que las extremidades superiores de los murciélagos se desarrollaron como alas. Independientemente de la especie, sus alas son como manos. Cada dedo es alargado y tienen dos capas de piel que se estiran entre ellos. Cuando vuelan, agitan no solo sus manos sino también sus extremidades inferiores o piernas.
Flores añade que las hembras están preñadas entre cuatro y siete meses, según la especie, y cuando ya casi están a punto de tener sus crías pueden comer el equivalente a su peso por noche.
Dependiendo de la especie, la cría se pega al pezón de la madre mientras esta va volando. En algunas especies con un sistema social más complejo, las crías se dejan en un sitio mientras las madres salen.
Los murciélagos pueden ser tan pequeños como una abeja y otros, con sus alas extendidas, pueden medir hasta 1.80 m aproximadamente. Los hay con diferentes formas en las orejas y nariz, tamaño de ojos, de varios colores, no solo marrón y negro, y hasta con patrones, para confundirse en su entorno.
La forma en que se comunican entre sí, dónde viven y cómo atraen a la pareja también es variable.
Unos tienen una chupones para adherirse a superficies lisas. Algunos hacen sus “casas” en las hojas de plantas como heliconias o los tallos de plátanos.
Hay unos con “sacos” en sus alas que llenan con fluidos que actúan como feromonas y al volar, diseminan el olor en el aire para atraer a las hembras. Otros lucen un estilo mohawk o una nariz peculiar para emitir sonidos atrayentes.
Los que tienen patas muy largas pueden atrapar peces mientras vuelan. Otros tienen lenguas muy largas porque se alimentan del néctar de las flores, pero la mayoría come frutas. Los murciélagos son buenos en dispersar semillas, especialmente en áreas abiertas.
CÓMO LOS ESTUDIAN
Las características de la cara de los murciélagos se relacionan con su ecolocación, es decir, con su habilidad para orientarse en la oscuridad total. Usan sonidos en frecuencias que no son percibidas por el humano, así que los científicos utilizan micrófonos especiales y analizan cuando el eco retorna para ubicarlos. Diferentes especies emiten sonidos distintos. En el trópico, algunos murciélagos vuelan muy alto, por encima del dosel del bosque y son difíciles de capturar. Los investigadores entonces graban sus sonidos.
Hay unos especializados para volar rápido en áreas abiertas y otros en ambientes más llenos, que tienen alas anchas, son más “maniobrables”, pero no tan rápidos.
Uno de los principales estudios que se realizan en este centro de STRI es sobre los murciélagos que comen ranas túngara, como el de labios verrugosos.
La rana macho emite un canto simple y otro más complejo para atraer a las hembras, pero su canto también le avisa a los murciélagos su ubicación. Los científicos estudian, por ejemplo, cómo el murciélago decide por cuál rana ir.
Para atrapar a los murciélagos, se valen de redes de niebla, de las que se emplean también para capturar aves. Las colocan sobre charcos u otros espacios por donde se cree que van a pasar aquellos que comen ranas y revisan cada 10 minutos si ha caído alguno.
En general, cuando atrapan un murciélago, se toman los datos del lugar de captura y muestras de ectoparásitos. Se miden y se meten en una funda para pesarlos. Incluso, se busca si dejan una muestra de heces en la bolsita, para analizar qué comieron.
Victoria Flores explica que a algunos ejemplares los marcan con un código que indica en qué año los capturaron, el sexo, si es juvenil o adulto, y se pueden analizar los datos por temporadas o años.
En otro proyecto en el cual estudian la relación genética de los individuos, usan una especie de “abrehuecos” como los de papel para tomar una muestra de la membrana del ala, pero en unas dos semanas este se cierra. Los datos preliminares indican que la población de un lado del puente de Gamboa no cruza al otro lado.
También, en otro estudio les ponen GPS y se ha visto que no vuelan grandes distancias.
Panamá es un destino ideal para estudiar a los murciélagos; científicos de todo el mundo vienen admirados por la gran diversidad que hay en el país. Estos mamíferos tienen, incluso, el potencial de ser un atractivo turístico.
Si desea asistir a las futuras noches de murciélagos, debe llevar zapatos cerrados o botas de goma, pantalones largos, camisa de manga larga y una linterna. Puede llevar repelente de insectos.












