“Tendríamos que agradecer a todos esos escritores que nos acompañan, en el siempre breve espacio de nuestra vida, el que nos hayan entregado sus palabras que construyen una humana manifestación de eternidad. Una eternidad que no promete otra existencia más allá de las fronteras de cada vida y que, en el gozo de leer, en las horas de lectura, nos deja esquivar las paredes del tiempo y acariciar en los silenciosos murmullos de las letras, las espaldas de no sé bien qué especie de inacabada amistad”.
Tiene razón mi querido Emilio Lledó (la frase es suya) cuando habla de ser agradecidos con los escritores. Un buen puñado de historias me han acompañado con acento panameño, y otros con el suyo, por este año tan oscuro. La vida, tan breve siempre, muestra su morosidad en los momentos que más duele. En esa casi perversa ironía, la compañía siempre feliz de una buena historia ha sido un bálsamo que alivia la rudeza de lo cotidiano, esquivando las paredes del tiempo: al levantar la mirada del murmullo de las letras, el mundo parece otro.
El oficio de lector es el único que ningún escritor puede dejar de ejercer. Se escribe tanto leyendo tan poco, se exhiben tantos textos con pocas lecturas, que poco a poco van engordando la vanidad y los sueños cumplidos a costa de un cerebro y una mirada flacas de tan pocas letras, de tan poca vida vivida por medio de la lectura. Si la lectura es una forma de felicidad según Borges, no leer es la antesala del fin de la literatura bien escrita (aunque hermosamente editada).
He disfrutado de muy buenos escritores panameños en este oficio de lector. Carlos Wynter, Lucy Chau, Luis Pulido Ritter, Javier Medina Bernal, Griselda López, Rafael Ruiloba, Cheri Lewis, Jaiko Jiménez, Enrique Jaramillo Levi, mi querida Rosa María Britton, Javier Romero, Héctor Collado (un clásico), Giovanna Benedetti, son algunos, y todos los amigos de otras tierras, Nicolás Melini, Juan Carlos Chirinos, Valeria Correa Fiz, Ignacio del Valle, la prodigiosa Jacqueline Harpman (de la que hablaremos), Jorge Carrión, Rafael Narbona, y todos los clásicos y queridísimos como Ricardo Piglia, Carmen Martín Gaite, Ariel Barría, Almudena Grandes, y los celebrados Augusto Monterroso, Gustav Flaubert, y mi amigo en el subsuelo: Fiodor Dostoievski. Y Patricia Highsmith, que tanto nos va a seguir enseñando.
El oficio de lector, sobre todo, como dice también mi maestro Emilio Lledó, “nos enseña a mirar mejor este mundo de las cosas aun no bien dichas, estos contornos históricos inmediatos de los balbuceos políticos, de los mecanismos para justificar el egoísmo envilecido, de las trampas para conformarnos a vivir con la desesperanza de que lo que hay ya no da más de sí”. Nuestros políticos se han hecho expertos en el cancaneo y la cantinflada que esconde la verdad y ofrece una bochornosa sensación de que todo está bien, y que ellos son los que pueden seguir salvándonos. Y nosotros nos hemos hecho expertos en seguir alimentándolos con nuestro voto.
Quedan en el tintero y sobre la mesa, nombres y sus obras que espero poder reseñar por estas líneas. Algo se mueve en nuestras letras, no cabe duda, pero ese movimiento no puede ser hecho sin la lectura, sin la mutua lectura. ¿Quién nos lee?, ¿quién está hablando de lo que estamos escribiendo? No nos fiemos de los que hablan en prensa exclusivamente de otras literaturas, o sobre nuestro pasado literario lejano para no mojarse en la playa de nuestras letras contemporáneas: aquí y ahora se escribe, y cada vez más nos van conociendo fuera.
La lección de este 2021 es que tenemos que seguir leyendo. En medio de la oscuridad, en medio de esta densa ignorancia y olvido en el que quieren que nos instalemos, tenemos que seguir firmes delante de los libros. No dejemos de escuchar el murmullo de las letras, luchemos contra la desidia. Un lector, al fin y al cabo, como dice Piglia, “es un relato: inquietante, singular y siempre distinto”. Y nuestro país necesita cada uno de esos relatos, cada una de esas singularidades creando caminos que nos lleven de vuelta a ser el país que queremos.
¡Feliz 2022! Nos vemos en el siguiente libro.

