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BECARIOS MUSICALES

Diez panameños en la excelencia musical italiana

Los jóvenes panameños que han recibido clases en el Conservatorio de Santa Cecilia han dejado una huella indeleble en los pasillos de esta institución centenaria.

Diez panameños en la excelencia musical italiana
Diez panameños en la excelencia musical italiana

Son diez. El mayor grupo de becarios jamás admitidos en el Conservatorio de Santa Cecilia de Roma (Italia), una de las instituciones más prestigiosas de música en Europa.

El conservatorio se fundó en 1565, allí han sido instruidos otros ilustres alumnos que hoy son músicos consagrados como Ennio Morricone, uno de los mejores compositores de música para películas, o el di rector de orquesta, Carlo María Giulini.

Proceso de selección

De la primera audición, realizada en octubre de 2015, salieron seleccionados: Eduardo Rodríguez, Alberto Castañeda y Édgar Alberto Dutary. De la segunda llegaron cuatro: Roberto González Santamaría, José Manuel Mires, Edward Arosemena y Allan Pineda. Todos ellos llegaron a Roma en octubre de 2016, debido a ciertos retrasos burocráticos.

Diógenes Mitre, Luis Batista y Leopoldo Magallón resultaron elegidos en la tercera audición y llegaron en octubre del año pasado a la capital italiana. A estos últimos, aún les quedan dos años de estudios.

Amante de la trompeta

Eduardo Rodríguez es de Chitré. Allí comenzó sus pinitos con la música, participando en la banda en la que ya tocaba su hermano mayor. Toca la trompeta. “Cada vez más ha conquistado el beneplácito del público.

El gran triunfo de su carrera hasta ahora, ha sido ser becado por el Conservatorio de Santa Cecilia. Lo que más destaca de esta experiencia es el intercambio cultural con otros jóvenes con su misma pasión: “Al estar con personas con las que compartes metas, aprendes que hay diferentes maneras de salir adelante, que las dificultades pueden superarse”.

El filósofo

Como muchos de los jóvenes apasionados por la música en Panamá, Alberto Antonio Castañeda Solís se interesó por esta disciplina participando en el desfile de la banda del colegio. Su elección por el clarinete fue parte de una decisión casi lógica. “Me daban miedo los otros instrumentos, mientras que el clarinete me parecía más comprensible”, detalla. Pero fue la música escrita para clarinete por los compositores la que me atrapó. El Conservatorio de Santa Cecilia le ha hecho descubrir nuevos ángulos musicales, pero, sobre todo, le ha dado la oportunidad de realizar un sueño: conocer el mundo. “Esta experiencia me ha cambiado como persona”, destaca.

El líder del grupo

El espíritu sociable y conciliador de Édgar Alberto Dutari Barrios lo ha convertido en el referente del grupo de los jóvenes panameños becados en Roma. “Dicen que soy el más social, hasta me llaman el presidente”, señala con una gran sonrisa. Los diez han creado una familia que se ayuda y se socorre al menor problema. “A pesar de haber tenido nuestras diferencias, nos cuidamos mucho mutuamente”, describe. Édgar toca la tuba. Ha participado como solista en un concierto de tuba y órgano en el Vaticano, ofreció un concierto en el Italian Brazz Week en Florencia y participó con la Youth International Philarmonic haciendo una gira en Nueva York, que culmino en el Carnegie Hall. Pero tiene claro que su futuro está en Panamá. “Me gustaría ayudar a otros panameños a crecer. Dirigir una orquesta infantil nacional”.

Predestinado para la percusión

Desde muy chico, José Manuel Mires quiso seguir los pasos de sus hermanos en la banda. Por eso podría decirse que estaba predestinado para la percusión: “La escogí porque mi hermano tocaba el redoblante y mi hermana, platillos”.

Continuó con disciplina la formación de solfeo y se especializó en los instrumentos orquestales de percusión, asegurando que su favorito es la marimba. José Manuel defiende con ahínco que la percusión requiere de técnica como cualquier instrumento musical: “No es cierto que sea más fácil por ser percusión”, explica mientras saca de su estuche dos baquetas y muestra la dificultad de un redoble.

El Conservatorio le ha ayudado a trabajar con la memoria, su principal aliada.

El flautista dulce

En Panamá, la flauta dulce se usa para iniciar a los alumnos en la música. Así comenzó la relación de Roberto con este instrumento.

En 2005, la empresa Yamaha firmó un convenio con el Gobierno de Panamá para llevar la música a todos los rincones del país a través del proyecto “Flautas Dulces, Vientos del Mañana” y eligieron al joven panameño como solista para el evento.

Roberto tenía claro que para proseguir con sus estudios en flauta dulce debía hacerlo en un centro con estudios en música antigua. Una especialidad rara en la oferta académica que está disponible en muy pocos institutos en toda Latinoamérica. Por eso, cuando recibió la beca del Conservatorio de Santa Cecilia, la alegría fue doble: “Ha sido una experiencia increíble. He adquirido independencia y madurez. Además, el nivel en Italia es mucho más avanzado, lo que me ha permitido crecer como músico”, concluye.

El autodidacta

Para Allan Pineda todo comenzó como un juego entre amigos cuando tenía 12 años. Quedó fascinado por el poder profundo del trombón, pero era uno de los instrumentos más caros de la tienda. “Mi padre no podía hacer frente a ese gasto, así que pensé en un instrumento más asequible. Salimos de la tienda con la flauta más barata”, recuerda.

Por eso se lanzó a construir sus propios instrumentos. “Gracias a tutoriales en Youtube, aprendí que se pueden hacer instrumentos con diferentes materiales como tubos de plástico, lijándolos”, señala restándole importancia a una habilidad, que le viene de familia: su abuelo confeccionaba violines para músicos panameños.

Su caso determinó un cambio del protocolo estipulado por la beca del Conservatorio de Santa Cecilia. Había quedado en cuarto lugar, pero fue tal la impresión que causó en el jurado, que los responsables decidieron aumentar el número de plazas de 3 a 4 para que pudiera aprovechar la formación.

El aventurero musical

Podría decirse que Edward Arosemena estudia trombón gracias a su hermano mellizo. Pero con el tiempo se enamoró de su sonido. “Es algo psicológico. Uno no sabe escoger el instrumento, ya que es el instrumento el que lo escoge a uno. Define la beca en el Conservatorio de Santa Cecilia como un sueño hecho realidad. “Siempre quise estudiar en Europa y gracias a esta beca lo he logrado. Estoy emocionado y feliz”, manifiesta. Italia le conquistó desde el principio, sobre todo, por el amor que sienten sus ciudadanos por la música. “El canto impregna todas las esferas de la vida cotidiana. No solo de la gente que estudia música. Es fácil encontrar a la florista o al taxista cantando…”.

El oboísta valiente

Leopoldo Magallón tuvo claro desde siempre que iba a ser músico. Estudió conservatorio en el Instituto Nacional de Música y perfeccionó su formación en la Universidad de Panamá. Forma parte de la Orquesta Sinfónica Nacional‬ de Panamá, de la que pidió una licencia para poder disfrutar de la beca en Italia.

Toca el corno inglés, pero se define como oboísta. En su estancia en Europa formó parte del Internationale Junge Orchesterakademie (IJOA) en Pleystein, en Bayern München (Alemania). “Había maestros de distintas orquestas profesionales de Alemania y de la universidad Franz Liszt‬ de Weimar que se encargaron de los ensayos de sección y de las clases maestras”, recuerda. Fue el único panameño que participó en la edición de este año.

El disciplinado

Diógenes Mitre supo desde siempre que quería ser músico, pero tuvo que enfrentar las críticas de los que le auguraban un futuro incierto y pobre. “Fue gracias al poyo de mi familia que tomé finalmente la decisión”, detalla. La beca del conservatorio ha sido plenamente satisfactoria. “Mi experiencia ha sido muy gratificante, tanto por la excelente educación y cultura musical que brindan a los estudiantes, como por las personas que he conocido en el camino”, describe.

Violonchelista romántico

El amor por la música invadió a Luis Batista cuando era muy pequeño. Solía asistir con su familia a una iglesia evangélica y quedó maravillado por el coro. “Me llamaba mucho la atención el poder tocar y cantar al mismo tiempo, era mágico, sublime”, describe. Con ocho años comenzó a tocar la flauta dulce, con quince se apasionó por la guitarra, pero solo cuando conoció al violonchelo supo que estaba frente al amor de su vida. “Hoy sigue en mí la semilla de ese amor a primera vista”, refiere.

La beca del Conservatorio de Santa Cecilia le ha dado una perspectiva clara de lo que es el sacrificio “Sé que solo a través del estudio diario podré alcanzar un trabajo impecable”.


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