“A veces me digo, ¡Dios mío!, ¿con cuánta gente me acosté este fin de semana?”, reconoce James Wharton, un treintañero inglés. El chemsex, una práctica que vincula sexo y consumo de drogas cada vez más potentes se expande por toda Europa entre la comunidad gay. El objetivo es desinhibirse, aumentar la resistencia y el placer, aunque comporta riesgos: adicción, sobredosis y un aumento del riesgo de contraer el virus del sida.
“Han aumentado los avisos sanitarios en torno a este fenómeno por parte de los servicios de cuidados de enfermedades infecciosas o de tratamiento de las adicciones”, dice Maitena Milhet.
La novedad es el uso de sustancias sintéticas adquiridas por internet, como metanfetaminas, GBL/GHB o catinonas (el principio activo del kaht, una planta que provoca euforia). Y la práctica se ve favorecida por las aplicaciones de encuentros como Grindr o Scruff.
“3 mil hombres homosexuales vienen cada mes a realizar consultas sobre las consecuencias del chemsex”, señala David Stuart, quien estudia el fenómeno y trabaja para la clínica de salud sexual 56 Dean Street.
