DESTRUIR AL PRÓJIMO.
-Los comentarios no eran tan graves -dijo ella al juez.
-De acuerdo –respondió el magistrado–. Hoy, cuando vuelva a casa, escriba todas las cosas malas que dijo del muchacho; después, rompa el papel y tire los trozos por el camino. La mujer obedeció y volvió al día siguiente.
-La acusada será absuelta si me entrega los trozos de papel que ayer esparció por el camino. En caso contrario, será condenada –declaró el magistrado.
- ¡Pero eso es imposible! ¡El viento ya se lo habrá llevado todo!
-De la misma manera, un simple comentario puede ser arrastrado por el viento, destruir el honor de un hombre y luego ya es imposible reparar el mal. Y envió a la mujer a la cárcel.
Una leyenda del Polo Norte
Cuenta una leyenda esquimal que en los albores del mundo no había diferencia entre hombres y animales: todas las criaturas de la Tierra vivían en armonía, y cada una de ellas podía transformarse en otra.
“En aquella época”, continúa la leyenda, “las palabras eran mágicas y el mundo espiritual repartía generosamente sus bendiciones. Una frase dicha al tuntún podía tener extrañas consecuencias; bastaba pronunciar un deseo para que este se cumpliera”.
Fue, entonces, cuando todas las criaturas comenzaron a abusar de ese poder. “Pero la palabra sigue siendo mágica, y la sabiduría todavía concede el don de hacer milagros a todos los que la respetan”, concluye la leyenda.
Los tiempos difíciles
Un hombre vendía naranjas en mitad de la calle. Era analfabeto, de modo que no leía los periódicos. Se limitaba a colocar carteles por el camino, y se pasaba el resto del día pregonando el sabor de su mercancía. El negocio prosperaba rápido cuando su hijo, que había estudiado en una gran ciudad, lo buscó para hablar con él:
-Pero, papá, ¿no sabes que Brasil está pasando momentos difíciles?
Preocupado, el hombre redujo el número de carteles y se puso a vender mercancía de calidad inferior, porque era más barata. Las ventas cayeron en picado.
“Tenía razón mi hijo”, pensó. El manual de instrucciones
Después de comprar una nueva máquina para descascarillar legumbres, la mujer consultó el manual de instrucciones. No lo entendía y al final se rindió, dejando las piezas desparramadas sobre la mesa.
Fue al mercado, y al regresar vio que su empleada había montado el aparato.
“¿Cómo lo has hecho?”, preguntó, sorprendida. “Bueno, como no sé leer, me vi obligada a usar la cabeza”, fue la respuesta.