“La gloria, el poder y la fortuna terminan siempre por desnudar a los hombres y hacen más patentes (o las descubren si estaban ocultas) sus virtudes y sus carencias. La vida dilatada de Alfredo nos mostró a un hombre superior, que muy joven se vacunó contra el virus de la vanidad y la soberbia y logró la más difícil de las inmunidades: una resistencia invencible a las fiebres del elogio y los halagos”, manifiesta el diplomático y académico Jorge Eduardo Ritter, en un evento ocurrido en octubre pasado en la Universidad Santa María la Antigua.
“El hombre que introdujo en Panamá el arte abstracto, en lugar de refugiarse en la cúpula exclusiva de las celebridades, prefirió compartir con sus coterráneos el acervo cultural que traía de sus estudios y experiencias en Suramérica, adonde había viajado sin más recursos que su curiosidad y afán de aprender”, añade.
“Así muchos jóvenes panameños que no tuvieron la reciedumbre de Sinclair para explorar nuevos horizontes y superarse aún a costa de las privaciones propias que supone sobrellevar la pobreza en tierras extrañas, pudieron nutrirse de las corrientes artísticas en boga en aquella época, de la mano de un maestro excepcional y al que nunca le fueron ajenas las grandes aspiraciones nacionales ni las luchas reivindicativas del siglo pasado”.
