Un buen crítico literario, sobre todo, tiene que tener un compromiso con la belleza. La literatura, ese universo sutil y esquivo, subjetivo siempre y siempre creciendo, necesita que sus prescriptores vivan tenazmente el compromiso estético y renuncien a la rebusca de ajusticiamientos literarios (sin que esto sea motivo para esconder la cara cuando hay que partírsela a favor o en contra de una obra) para elaborar una más clara, directa y siempre divertida (que no falte el humor nunca) panorámica del hecho literario, que no es otra cosa que los libros y su lectura.
Rafael Narbona (Madrid, 1963), profesor durante muchos años de Filosofía, escritor y crítico literario, afirmó alguna vez que “ser crítico literario no es un trabajo profesional, es una vocación que surge del amor a la literatura”, afirmación esta que se deja ver a lo largo de sus artículos de “El Cultural” del diario El Mundo, “Letras libres” o “Cuadernos Hispanoamericanos”, donde su pasión por la lectura, los libros y la vida de sus autores, ha ido tejiendo una obra que ahora podemos disfrutar en parte en El coleccionista de asombros (Negra Ediciones, Madrid, 2021).
El subtítulo de la obra, “Literatura y vida. De Sylvia Plath a Jorge Luis Borges”, es toda una declaración de intenciones. Rafael Narbona busca la vida secreta de los autores por medio de sus libros. Es la lectura, el asomarse al pálido fuego de la belleza de las obras de los veintisiete autores aquí presentados, la que se convierte en el camino de indagación para profundizar en la vida de estos “clásicos”, entre los que destacan Pessoa, Arendt, Vargas Llosa, Borges o Javier Marías, uno de los más importantes escritores en nuestra lengua.
El concepto de “clásico” es analizado y explicado de una manera sencilla y elocuente en “Acerca de los clásicos”, una suerte de introducción a la obra. En ese texto, Rafael nos da su propia definición de “clásico”: “es una obra que nos conmueve hasta el extremo de transformar nuestras vidas”. Y es que la emoción es fundamental en literatura. Quizás muchos críticos hayan pecado de excesivamente cerebrales, dejando de lado las entrañas, la conmoción interna que produce un texto. Esta definición nos arrima, quizás como ninguna otra, al alma de los buenos libros.
Dentro de estos “clásicos” también podemos encontrar a Tintín, o al Capitán Trueno y Corto Maltés, dándoles parte en este parnaso de obras que han influido en la construcción de nuestro ser lector, y que tan bien nos han acercado a la historia, a las grandes gestas y aventuras, y hasta nos han dado más de una lección de coraje y valentía. El comic, que es también literatura, es desgranado y presentado por Narbona con una extraordinaria cercanía que nos va llevando por la ruta del recuerdo de aquellos años primeros de formación.
Me han conmovido especialmente los capítulos que dedica a Alejandra Pizarnik y Virginia Woolf, sin duda dos de las más grandes escritoras de la literatura. Ambos capítulos, demuestran un profundo conocimiento de la obra de ambas, y aquí “conocimiento” equivale para mí a la capacidad de interpretar y comunicar las emociones, no sólo del texto narrativo, sino también las de las autoras, trenzando así una búsqueda de respuestas para la muerte de ambas a través de sus textos.
Nos encontramos ante un lector de los buenos, un lúcido y muy creativo intérprete y, sobre todo, ante un escritor que conoce bien el oficio desde el otro lado (ha publicado cuentos y por allí hay una novela pendiente). Luego está su alto sentido pedagógico, su capacidad para labrar caminos para que el lector analice y transite por las obras y los autores como en una especie de viaje hacia la belleza.
Les dejo con esta frase de Rafael Narbona que cierra el brillante capítulo dedicado a Hannah Arendt, el último de este estimulante libro: “Pensar puede destruir nuestras certezas y desarraigar nuestra fe, pero siempre nos permitirá un nuevo comienzo. En cambio, no pensar por miedo a la duda y el desencanto, siempre nos llevará a esa minoría de edad donde crece y prospera la dominación totalitaria”.

