“¿Vas a ver a Salserín?” Flashback. Cuando hace unas semanas se escuchaba esta frase, la mente de quienes crecieron en la década de 1990 hacía un viaje a los pasillos del colegio. Pero esta vez no estarían en la tarima los niños que pusieron a bailar a las niñas y jóvenes de ese entonces, sino adultos crecidos y muy cambiados.
El concierto apelaba a la nostalgia de una generación que creció escuchando a Jerry Rivera, Sammy y Sandra, Nando Boom o Nirvana.
“Se habían hecho un sinnúmero de festivales de salsa, recuerdos de la época de 1980, show de electrónica, y ninguno de estos aplicaba al gusto universal de la gente de 1990: la variedad”, comenta Reginaldo Lum, gerente comercial de Shockwave Entertainment, que organiza los conciertos de Revive los 90.
La puerta que se abrió con Jerry Rivera, El Rockie y Horacio Valdés en el primer concierto, dejó entrar luego a Salserín y a Dj Brooklin.
La próxima parada del tren de la nostalgia será el próximo 25 de julio, cuando se realice el tercer concierto.
Un antes y un después
De la década de 1990, Lum extraña su juventud, la tranquilidad de Panamá y la emoción de comprar música. “Comprar un disco de acetato, su olor cuando lo abres, luego comprar un CD, todo pasó tan rápido... Tener una canción que nadie tenía por lo menos durante un mes, son cosas que ya no volverán”.
La venta de discos y las veces que se pidiera una canción en la radio era la forma de medir su éxito. Entre las que lo tuvieron, de cantantes nacionales, estuvieron: Muévelo, de El General; Esa chica me vacila, de Nando Boom; Brindemos por el muerto de Sammy y Sandra; y Caminando y Adán García, ambas de Rubén Blades, entre otras, recuerda Mario García Hudson, encargado del Centro Audiovisual y de Música de la Biblioteca Nacional.
García Hudson aporta, además, el nombre de las películas que marcaron la década: Rescatando al soldado Ryan, La lista de Schindler y la La vida es bella, sin dejar de lado el éxito taquillero de Titanic, y la mirada crítica de Belleza americana a la sociedad estadounidense, además de películas latinoamericanas como Estación Central (Brasil), El lado oscuro del corazón (Argentina), Pantaleón y las visitadoras (Perú), y Fresa y chocolate (Cuba).
Para ver esas películas había que ir al videoclub o al cine. Los cines Alhambra eran los más populares de entonces, dice.
Y quienes seguían lo fashion veían revistas. “La moda era colorida y esquemática, venía empacada. No teníamos stylists ni bloggers que nos ayudaran a ver las posibilidades de más”, dice María Sofía Velásquez, quien fue señorita Panamá en 1993, en el tiempo en el que las misses eran admiradas.
De esa época agradece que no existieran las redes sociales, y reconoce que el avance tecnológico que hubo después fue tremendo. “A partir de allí todo es mucho más espectáculo... pero no sé si haya más talento artístico necesariamente”, comenta.
El contexto social y la revolución tecnológica crearon un antes y un después, que algunos ahora recuerdan con nostalgia.
Muchas cosas han cambiado desde el inicio de la revolución tecnológica con el internet, pero hay otras que vuelven para complacer la nostalgia de unos o la curiosidad de otros, o como diría Popy Blasco, en su libro Yo fui teen en los 90: “En momentos de revival, los noventa son un atrayente imán. Magnetismo irresistible para los que crecimos y nos enamoramos en aquellos años. También para los más jóvenes, curiosos ante una efervescente época no vivida, en esa ansia de revisitar los años inmediatamente previos a la explosión de internet, los años de la Generación X”.
Para el sociólogo panameño Gerardo Maloney, “la de 1990 fue una década de felicidad. 1980 había sido una década de muchas crisis en lo económico, las reformas estructurales de salud y los movimientos populares en toda América Latina convulsionaron la realidad en nuestras sociedades. Y creo que 1990 fue un período interesante de recuperación”.
Ese ambiente de tranquilidad es el que evoca una generación que creció jugando en la calle, llamando por teléfono o intercambiando cartitas en el salón de clases. La misma que escribe cadenas en las redes sociales jactándose de haber tenido una niñez verdadera, lejos de las tablets y teléfonos inteligentes, y que ahora se sienta con una sonrisa a ver “Los 90, la década que nos conectó”, en National Geographic, o no puede creer que la comedia televisiva Friends haya cumplido ya 20 años.
Tal vez también en el fondo se pregunten si esa época que recuerdan con cariño fue realmente mejor.
“Normalmente hay elementos que se adhieren a su conducta, porque es la manera como aprendiste a responder a los estímulos del mundo externo. En consecuencia, hay elementos que recoges de tu niñez y adolescencia y que, como adulto, cuando tienes algún problema tiendes a recurrir a lo que aprendiste para poder resolverlo”, explica Maloney.
Entonces, “la historia se repite en espiral”, como dice la teoría del padre de la sociología Auguste Comte, cuando el hombre tiende a regresar a momentos importantes en su propia evolución social.
“Es probable que los individuos en un momento determinado regresen a períodos en los que tuvieron respuestas importantes en su vida y que actualmente no tienen los elementos para poder resolver”, expresa Maloney, y agrega que es por eso que las madres y las abuelas dicen que su época fue la mejor.
Pero, además, el avance tecnológico y el desarrollo de la comunicación han jugado un papel que ayuda a reducir las distancias entre las generaciones, según el sociólogo.
“Las generaciones están expuestas a tantos niveles de conocimientos que van reduciendo la distancia entre ellos y sus padres”, dice.
Tareas de cada generación
Hay quienes califican a la generación de 1990 como la última generación de la ingenuidad.
En el aspecto del acceso a la información, Gerardo Maloney está de acuerdo “porque la tecnología cambió. Se generó el conflicto entre la educación formal e informal, entre lo que los niños aprendían en la escuela y lo que veían en la televisión [y después en el internet]”.
El sociólogo Enoch Adames, por otro lado, cuestiona la palabra “ingenuidad”.
“No creo que haya habido ingenuidad [en las décadas anteriores]. Creo que la información que manejamos en la época y la capacidad reflexiva que se nos exigía para entonces era acorde con una cultura y una sociedad que demandaba compromisos”, afirma Adames, y agrega que “cada generación carga con sus tareas”.
La década de 1990 tuvo una inflexión en la historia por los sucesos de la década anterior, la caída del muro de Berlín, y la organización del mundo después de que se disolvieran los socialismos reales y la bipolaridad que dio lugar a la Guerra Fría, recuerda el sociólogo.
También se marcó un cambio en la importancia que se les daba a las cosas, según Adames.
“Empiezan a considerarse importantes el hedonismo, la cotidianidad, lo pequeño, lo banal y la subjetividad. Se van instituyendo nuevos grados de significación. Ya no importa la estandarización, importa la personalización. Tú personalizas el producto. Que cada individuo siente que lo suyo es particular y único. Este yo constituye el centro. El tiempo se construye en la inmediatez, antes se constituía en lo trascendente”, reflexiona.
¿Qué cosas cambiaron para siempre con la revolución tecnológica? ¿Cómo recordarán las generaciones venideras la época en la que crecieron? El tiempo lo dirá.




