Miguel Littín (Chile, 1942) aprendió a querer las imágenes en movimiento en las faldas de su abuela. Tenía tres años y residía en Palmilla, y curiosa que es la vida, el futuro director de cine se convertiría en el alcalde de esta comunidad entre 1992 y 2000.
Del tren que venía de Santiago de Chile siempre se bajaba gente de todo tipo, desde los turistas de siempre hasta saltimbanquis y vendedores de enciclopedias. En una ocasión llegó un entusiasta con un cinematógrafo bajo el brazo. Le pidió permiso a sus abuelos para instalar el proyector en la huerta familiar.
Desde entonces quedó fascinado por ese sortilegio que “no sabía si venía de las frutas o de los árboles o de qué parte del jardín”, dice.
A los 9 años ya había visto muchas producciones, aunque la relación amorosa se hizo más intensa cuando tuvo ante sí Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini.
Aquel drama italiano lo impactó y forjó su destino para siempre: iba a dedicarse a tener una cámara en la mano y una idea en el corazón.
Su debut fue en 1969 con El chacal de Nahueltoro, sobre un campesino que asesina a su esposa. Este drama social fue bien recibido en el Festival Internacional de Cine de Berlín.
Opina que las circunstancias de llevar a cabo un proyecto audiovisual no han cambiado desde entonces: “la tecnología de hoy ayuda, pero en nuestras economías latinoamericanas dependientes los rodajes son caros y los problemas de distribución de los filmes continúan, porque nuestro cine sigue dominado por el monopolio del cine norteamericano”, comenta Littín, quien presentó en Panamá su largometraje más reciente: Allende en su laberinto.
Con más de una veintena de títulos a sus espaldas, el porqué desea contar historias es la misma de sus inicios: “la trama tiene que atraparme en lo emocional. Hay algo misterioso allí que lo lleva a uno a seguir. A veces es una idea, un relato, una imagen o situaciones que uno, sin darse cuenta, ya se ve escribiendo las primeras notas del guion”.
Cada generación de cineastas debe buscar su tarea y su responsabilidad. “El cine latinoamericano de ahora es más introspectivo que los de mi juventud. Buscan más al individuo y se concentran más en la psicología de los personajes. Este es el aporte de ellos y eso es fundamental para buscar y entender los signos de nuestra identidad como pueblos”.
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