Este año pensé, quiero hacer algo realmente especial para el Día del Padre.
Creo que ya he sangrado bastante tinta en hamburguesas, barbacoas, asados, etc., así que me fui a mi biblia de las carnes, que es el libro The Complete Meat Cookbook, de Bruce Aidells y Denis Kelly.
Nótese, aquí sigo el clisé –y los clisés existen precisamente por ser ciertos, los tomes por norma o sorna– de que a los hombres les gusta la carne.
A CUSTODIAR
Me confieso adicta al rosbif o roast beef, específicamente el ribeye cocinado entero y luego rebanado, como lo comen los gringos, con su jugo (au jus) y sus papas asadas, o los ingleses, quienes creían que el consumo de carne de res producía guerreros fuertes.
De ahí que los custodios de las joyas de la corona inglesa, que se guardan en la famosa Torre de Londres, se llamen Beefeaters o “comedores de carne”.
Existe un documento del puño del Conde de Toscana, quien en 1669 comentó que “a diario en la corte se les adjudica una gran ración de carne...” , por eso se les llama “comedores de carne”.
Así que con sueños de un rosbif rosadito con horseradish y un Yorkshire pudding –no pienses en postres ya que esta antiquísima guarnición es más bien como un pan de cuchara elaborado con harina, huevos, y la manteca que chorreaba de las grandes piezas de carne que se ponían a rostizar en los cavernosos hornos de las grandes casas– me fui al epígrafe del antedicho tomo, que explica “Cómo elegir el mejor roast beef” y comenzaba así: “Para el mejor sabor, presentación y delicioso sabor a carne, nada se le gana a un standing beef roast”.
Me propuse encontrar el mejor del pueblo. VEA 3B

