La gran mayoría de los momentos más felices que he tenido como espectador y consumidor de comedias de altura en una sala, durante este 2018, han ocurrido en el teatro La Estación (vía España).
Los responsables de este espacio ofrecen montajes divertidos e inteligentes, en la misma medida, sin que el sentido del humor opaque las verdades que se desean exponer desde las bromas, y viceversa.
Han regalado a su público puestas en escena llenas de mensajes sobre el comportamiento humano (muchas veces rígido y conservador) y que han provocado las más sonoras carcajadas entre los que somos testigos de esas fabulosas producciones.

El deseo de divertir
Recuerdo este año con mucho agrado Toc Toc (entre marzo y abril), de Laurent Baffie y Una boda feliz (mayo y junio), de Gérard Bittom y Michel Munz, ambas dirigidas por el maestro nacional Edwin Cedeño; así como Los vecinos de arriba (julio y agosto), de Cesc Gay, a cargo de Tatiana Salamín, y ahora ofrecen hasta el 7 de octubre La madre que me parió, de Ana Rivas y Helena Morales, bajo las órdenes de Isabel Burgos.
En cada uno de estos montajes, sus directores y actores han sabido utilizar los códigos humorísticos para compartir con el público los temas más serios de la sociedad moderna.
En otros espacios escénicos de la ciudad de Panamá, en ocasiones y salvo excepciones que sí las hay, se dedican más a que los espectadores la pasen bien y piensen solo lo suficiente, porque están convencidos de que ser graciosos y profundos puede alejar a la gente de sus taquillas.

Madre solo hay una
La madre que me parió, por ejemplo, potencia el valor y la importancia de las madres dentro de la sociedad y cómo en América Latina, tan machista, en el fondo también es un territorio matriarcal, porque más de un hogar tiene al frente a madres fabulosas, laboriosas, entregadas y fabulosas, y para qué engañarnos, algunas de ellas también son intensas y manipuladoras.
¿Cuánto nos parecemos a los adultos que nos han críado de la mejor manera posible? ¿Cuánto han influenciado nuestros padres en la forma en como amamos y odiamos? ¿Qué nos han enseñado para poder enfrentarnos al dolor, a la melancolía y a la alegría? ¿Nuestras madres son culpables de todos nuestros defectos y la responsable de nuestras virtudes? ¿Son siempre cordiales las relaciones entre hijas y madres?
Esas son preguntas que nos invitan a reflexionar, y a contestar, seamos hijos o hijas, mientras vemos las situaciones más graciosas, patéticas y tiernas que se registran cuando cuatro amigas que no han llegado a la madurez plena, y tres madres adultas con sobrada experiencia, están en medio de una alocada fiesta de bodas.
