Como la mayoría de sus compañeros, la chimpancé Cecilia, de 20 años de edad, tenía el alma rota cuando llegó en abril al Santuario de Grandes Primates de Sorocaba, 100 kilómetros al oeste de Sao Paulo, Brasil. Venía procedente de un zoológico de Mendoza, en Argentina.
Sus “deplorables” condiciones fueron denunciadas por una oenegé local, que consiguió que una jueza le concediera un habeas corpus para trasladarla al santuario, considerándola un “sujeto de derecho no humano”.
“Cuando llegó no tenía problemas físicos, pero estaba muy deprimida. Pasaba el tiempo acostada, no interactuaba con nadie”, recuerda la veterinaria Camila Gentille, quien es capaz de reconocer a los 52 chimpancés que viven en el santuario como si fueran familia. Ninguno llegó por casualidad a este refugio de 50 hectáreas resguardado entre los árboles del interior paulista, donde 280 animales -entre los que hay pequeños primates, leones y osos- tratan de curarse las heridas de un pasado de abusos. La mayoría vive formando pequeños grupos en extensos recintos donde pueden correr, jugar y, sobre todo, sentir que no están solos. Aunque las marcas de algunos son demasiado profundas y necesitan fármacos para salir adelante o dejar de automutilarse.
