Más sombras que luces para Grey

A la escritora E. L. James (Londres, 1963) le gustó tanto la saga literaria de ‘Crepúsculo’, que decidió hacer una versión adulta y sexual.

Más sombras que luces para Grey
E. L. James, autora de ‘50 sombras de Grey’.

Si nunca ha tenido sexo en su vida, si ha explorado el placer carnal de forma insatisfactoria, si tiene tabúes sexuales ocultos por resolver, si jamás ha leído una novela erótica de Henry Miller o los diarios de Anaïs Nin, si no ha tenido la curiosidad de ver películas como El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) o Henry & June (Philip Kaufman, 1990), si no ha visto completa una producción pornográfica o si le atraen los personajes controladores y dados a humillar a los demás, entonces le arrebatará la versión fílmica de 50 sombras de Grey (Sam Taylor-Johnson, 2015).

Si a usted como espectador (a) le atraen las historias de hombres que someten a mujeres a desmanes variados en materia sexual, entonces no haga filas para comprar un tiquete para ver 50 sombras de Grey, lo que le recomiendo es buscar clásicos eróticos como Belle de jour (Luis Buñuel, 1967), Historia de O (Just Jaeckin, 1975) y Secretary (Steven Shainberg).

Otra opción es ver producciones de menor calidad, pero que poseen un mayor poder sexual y artístico que 50 sombras de Grey, como 9 semanas y media (Adrian Lyne, 1986) y El cuerpo del delito (Uli Edel, 1993).

De acuerdo, Sam Taylor-Johnson tiene una notable capacidad visual para darle cierto clima, entre fino y rudo, a la versión audiovisual de una obra toscamente redactada, pero dentro de los anales del cine erótico 50 sombras de Grey es un producto sobrevalorado.

Claro que la película es más envolvente, fluida y exuberante que la novela en la que se basa, aunque ninguna es objetivamente provocadora si la comparamos con libros y películas que en materia de sexo lograron cotas más altas desde la perversidad, lo delirante o la osadía.

Vamos mal en una película sobre sexo y dominación, sobre mujeres sumisas y hombres poderosos en muchos sentidos, cuando sus actores exigen en sus contratos que no se les verán sus órganos reproductivos en la gran pantalla y que si se hacen primeros planos de partes de sus organismos deben usar los servicios de dobles de cuerpo.

Si la película y el libro se hubieran concentrado en una insana y perturbada relación amorosa y sexual en tiempos decadentes, perversos y frívolos como los de hoy, que en alguna medida lo desarrollan, hubiera funcionado mejor.

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