¿Los panameños tenemos mayores flaquezas en el idioma al hablar o al escribir?
No hablamos ni peor ni mejor que los usuarios de otras naciones de América Latina. La lengua escrita es menos empleada. Ella requiere de un proceso de mayor intelectualización que la hablada.
El hablar y el escribir son resultados de la lengua natural, sin embargo ambos surgen de estrategias distintas. En nuestro medio, hay excelentes cultores de la lengua escrita, no obstante la mayoría no desarrolla ese código. En la lengua oral, la denominada norma culta no es la más extendida. Ésta la desarrolla y la asienta más la escuela formal y los principales medios de comunicación masiva. Lo común es una manifestación rústica y descuidada en el hablar, con la supresión, por ejemplo, de la “s” final de palabra, o la pronunciación inadecuada de determinadas consonantes. Es un hablar perezoso, pero no es el que guía la concepción lingüística nacional. La referencia siempre es la norma culta.
¿Hay un desinterés de determinadas personas y/o grupos de ellas por saber comunicarse bien?
Existe un gran interés, por el contrario, de profesionales, estudiantes y otros usuarios de mejorar la comunicación, tanto oral como escrita. Están conscientes de que el dominio de la lengua natural abre oportunidades para el desarrollo personal y colectivo, en una época de hipercomunicación. Otro sector muestra desinterés, y ese desinterés está asociado con la pobreza, incluso la espiritual, una situación crónica de carencias, y el desencanto.
Las dificultades de la comunicación oral y escrita empiezan en el hogar y continúan en la escuela primaria, en la secundaria y en la comunidad.
La lengua natural se adquiere por contagio. Las primeras lecciones de la lengua, sobre todo en la oralidad, las obtenemos en el hogar. La escuela está en la obligación de mejorar y enriquecer las competencias de la lengua natural, sin embargo fracasa en el intento de imponer la ortodoxia gramatical, en desmedro de la lectura gozosa y la creatividad estimulante. Ni la comunicación oral ni la escrita consiguen una vía expedita, como es de esperarse, sino la desazón y el aburrimiento, en un porcentaje no despreciable.
En la universidad se supera el déficit, sin embargo el acento es débil en la escritura de ensayos y otros tipos de texto, que debe ser un proceso sistemático en el ejercicio de los profesionales, no importa cuál sea su disciplina. La praxis, más que la teoría para crear hábitos duraderos, y no el castigable y detestable copia-y-pega.
Debilidad en el leer, escribir o hablar.
Hay un sector de los profesionales y estudiantes que lleva a cabo con mucha pericia esas actividades. En otros casos encontramos falta de estructura adecuada en los escritos, según el tipo, y errores y descuido en la pronunciación, al hablar. Las fallas sintácticas son comunes.
Las principales variedades lingüísticas que emplean los jóvenes son dos: la jerga propia (o juvenil, que surge entre iguales, en situaciones de comunicación no formales y, sobre todo, orales; y la lengua estándar, fuera de sus ámbitos cotidianos. En la lengua estándar estos jóvenes poseen carencias, por lo general, fruto de la inexperiencia comunicativa, y por insuficiencia en la formación. Su jerga, no obstante, destaca por ser creativa, original e ingeniosa. La jerga de los jóvenes es propia de la edad y no de la cultura, porque los hablantes abandonan su lenguaje característico a medida que maduran. La mayor parte de los adultos deja atrás el lenguaje juvenil cuando tienen una vida estable.
El autor es periodista, filólogo y docente.