La palabra originalidad en el cine es un calificativo que merecen sólo un puñado de directores que han contado sus historias desde las formas más innovadoras.
Estamos hablando de una sociedad integrada por artistas que tienen un estilo diferente, único y reconocible que los separa de otros colegas más uniformes en cuanto a sus planteamientos estéticos.
En el siglo XX algunos de sus miembros más importantes fueron Jean-Luc Godard, Alfred Hitchcock, David Lynch, Stanley Kubrick, Akira Kurosawa, Ken Loach, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Park Chan Wook, Jim Jarmusch, Clint Eastwood, Lars Von Trier, Woody Allen, los hermanos Coen y Terry Gilliam, entre otros.
Ejemplos más contemporáneos los encontramos en Quentin Tarantino, Tim Burton, Guillermo Del Toro, Peter Jackson, Christopher Nolan y Wes Anderson, entre otros pocos.
Los habituales
Esta cofradía de cineastas es dada a manejarse con un concepto similar al de las compañías de teatro con un elenco estable.
De allí que se sienten cómodos trabajando con los mismos actores porque con ellos han logrado una sintonía extrasensorial que se ha convertido en uno de sus santos y señas.
Por ejemplo, es usual que el director Wes Anderson, nieto del escritor Edgar Rice Burroughs (el padre de Tarzán), convoque de forma habitual a intérpretes como Luke Wilson, Jason Schwartzman, Angelica Huston, Bill Murray y Frances McDormand.
Como pasa con Allen, Jarmusch, Eastwood, Von Trier y los hermanos Coen, las grandes luminarias de la llamada Meca del Cine de Hollywood trabajan con Anderson por salarios modestos con tal de tener la experiencia de compartir el set de filmación con él.
El cine industrial de Hollywood, junto con su Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, vinieron a “descubrir” a Wes Anderson apenas con sus estupendas producciones Moonrise Kingdom (2012) y The Grand Budapest Hotel (2014).
Aunque de verdad, el ingenio de Anderson detrás de la cámara comenzó con buen pie en 1998 con ese portento imaginativo que es Academia Rushmore.
Desde entonces su cine personal, lleno de un humor entre cínico y tierno, ha conquistado a los espectadores que no se encandilan con los efectos especiales y las batallas intergalácticas sino con historias que toquen sus corazones y sus sentidos.
Es una audiencia que se deja sorprender con algo más sencillo, aunque quizás más difícil de conseguir en la pantalla grande: personajes entrañables envueltos en situaciones insólitas como hizo Anderson con las maravillosas Los Tenenbaums (2001), Life Aquatic (2004), Viaje a Darjeeling (2007), Fantastic Mr. Fox (2009) e Isle of Dogs (2018).
Periodismo
Lo nuevo de Wes Anderson se titula La crónica francesa (The French Dispatch), una oda amorosa al oficio periodístico, en particular, a los que cuentan historias desde las revistas especializadas de cultura y artes.
En esta película, que hizo su debut en el Festival de Cine de Cannes, se retrata la dinámica de trabajar en una revista que se parece mucho a un espacio editorial como The New Yorker.
El propio Anderson descubrió The New Yorker a los 16 años cuando era un estudiante de secundaria en Texas. Desde aquellos años se ha vuelto un coleccionista acérrimo que ha comprado tantos números de este medio, que se enorgullece de tener casi toda la colección completa de esta revista que nos muestra el mundo desde la intelectualidad.
Ubica la trama de este largometraje a mediados de los años 1960 en una ciudad ficticia francesa, donde trabajan periodistas expatriados del medio oeste estadounidense en una revista que se llama igual que el nombre completo de su película: The French Dispatch of the Liberty, Kansas Evening Sun.
Como suele ocurrir con las propuestas de Anderson, La crónica francesa está compuesta por viñetas o historias cruzadas, como deseen definirlo, que tarde o temprano tienen un hilo común conductor, que están habitadas por seres inadaptados que vamos descubriendo cómo se van uniendo como si estuviéramos viendo una película de Paul Thomas Anderson como Magnolia (1999) o La ronda (1950), de Max Ophuls.
Es más, la estructura de su película está compuesta por cuentos y artículos que van a salir en la última edición de la revista como si estuviéramos leyendo los textos de esa imaginada The New Yorker, compuestos a base de imágenes y parlamentos, en vez de palabras impresas.
Al mismo tiempo, esta producción es una sentida carta de amor a Francia y a su séptimo arte como si La crónica francesa fuera una versión moderna de alguna película de Francois Truffaut, Henri-Georges Clouzot, Jacques Tati, Jean Vigo, Jacques Becker o de Julien Duvivier.
En últimas, La crónica francesa, como toda la amplia cosmovisión cinematográfica de Wes Anderson, está ideada casi exclusivamente para una audiencia curiosa, renegada y excéntrica. Si el querido lector entra dentro de estas características, entonces esta película se hizo pensando en usted.

