Setenta y siete millones de kilómetros. Parece mucho, pero es la distancia más corta en la que la ciencia ha observado el Sol. Una proeza del satélite Solar Orbiter, que partió en febrero pasado de la Tierra y envió hace poco las primeras imágenes con nuevos detalles de la mayor estrella del sistema Solar.
Las fotografías y mediciones “han superado nuestras expectativas”, reconoce Daniel Müller, científico del proyecto liderado por la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés). “Ya se ven indicios de fenómenos muy interesantes que hasta ahora no habíamos podido observar con detalle. Los 10 instrumentos a bordo de Solar Orbiter funcionan muy bien y, juntos, ofrecen una visión integral del Sol y el viento solar. Así, confiamos en que Solar Orbiter nos ayudará a responder a preguntas de gran calado sobre el Sol”, agregó Müller, ayer, en un comunicado de la ESA.
Trabajo en conjunto
Detrás de Solar Orbiter hay un trabajo de colaboración internacional entre los 19 miembros de la ESA: Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Polonia, Portugal, Reino Unido, República Checa, Suecia y Suiza. También participó la NASA, aportando la carga útil científica o la nave.
Por ahora se ha revelado, gracias a los datos captados por el satélite, la presencia de “innumerables minierupciones solares, apodadas ‘hogueras’, cerca de la superficie de nuestra estrella”, describieron los científicos, luego de analizar las imágenes de la “cámara de imagen del ultravioleta extremo” (EUI) de Solar Orbiter.
“Estas hogueras son como parientes menores de las fulguraciones solares que se observan desde la Tierra, pero entre millones y miles de millones de veces más pequeñas”, apuntó David Berghmans, del Real Observatorio de Bélgica y especialista en el sistema de EUI. “Puede que, a primera vista, el Sol parezca inmóvil, pero en cuanto se observa con detalle podemos apreciar estas pequeñas erupciones por todas partes”.

Una primera tarea para los estudiosos del espacio, será determinar si se trata de versiones minúsculas de grandes fulguraciones o si estas se deben a mecanismos diferentes. “En cualquier caso, ya existen teorías de que estas pequeñas erupciones podrían contribuir a uno de los fenómenos más enigmáticos del Sol: el calentamiento de la corona”, añadió Berghmans.
Resulta que la corona solar “es la capa más externa de la atmósfera del Sol, que se extiende millones de kilómetros hacia el espacio exterior y su temperatura supera el millón de grados Celsius, varios órdenes de magnitud más caliente que la superficie del Sol, que está ‘apenas’ a 5,500 °C. Tras décadas de estudios, aún no se entienden del todo los mecanismos físicos que calientan la corona, pero identificarlos se considera el ‘santo grial’ de la física solar”, explica la ESA.
“Lógicamente, es demasiado pronto para saberlo, pero confiamos en que, al vincular estas observaciones con las mediciones del resto de los instrumentos que estudian el viento solar que pasa junto a la nave, podamos resolver algunos de estos misterios”, comentó Yannis Zouganelis, científico adjunto del proyecto.

Gracias a su dotación tecnológica, Solar Orbiter podrá, en adelante, vigilar las regiones activas del Sol, sus fulguraciones y recabar información sobre el viento solar.
Y es “solo el principio”. El satélite continuará su viaje y en menos de dos años se acercará a 42 millones de kilómetros del Sol, “casi un cuarto de la distancia con la Tierra”, ampliando las posibilidades de obtener más y mejor información.
