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Una preocupación común

Una preocupación común

Al buzón de mi correo electrónico llegaron uno tras otro tres mensajes relacionados con el asunto siguiente: ¿qué vamos a hacer para que en Panamá se aprenda a leer y escribir con corrección? ¿quiénes emprenderán esta tarea colosal de lograr que todos los niños (y adultos) lean y piensen bien? ¿Cómo proyectamos debidamente el futuro? ¿No era en los primeros años de la niñez cuando debían situarse las bases del aprendizaje? ¿No comienza ese aprendizaje con las voces que conjeturan sobre vínculos entre letra y pensamiento… letra e imagen; números y objetos ideales? ¿Ya no valen las voces que cantan a coro en las escuelas? El eco dice: fue el COVID… Y pienso: el desmoronamiento comenzó antes, cuando apenas se oía la voz del buen maestro, la del mejor maestro, la del más experimentado y amable... porque hay mucho ruido. Los maestros-sabios, los más tranquilos en su labor diaria eran los de primer grado.

Los niños más pequeños llegaban a la escuela en el mes de mayo… y aquellos maestros se marcaban a sí mismos un plazo. En el mes de septiembre, todos leerán. Pero algo pasó: hace unos diez años encontré que una niña de quinto grado no sabía escribir… Con seguridad tampoco podía leer. Parece que hace tiempo que aquella marca de septiembre dejó de significar. Cada día se hace mayor la cantidad de personas que necesita urgentemente un buen maestro, a quienes les urge un remedio para saber comunicarse bien por escrito. Y así. Me doy cuenta de que la palabra “urgente” resuena en los tres correos recibidos porque crece en tamaño una discapacidad multitudinaria en lectura (no se diga en redacción).

Los ejemplos están a la mano y se multiplican en el deseo que tenemos todos de comunicarnos aunque sea a trompicones, aunque sea en los teléfonos. Se nota una limitación que imposibilita o dificulta el desarrollo normal de la actividad pensante de las personas y se anuncia el retorno a la barbarie. Con el COVID hemos olvidado hasta la preocupación por los resultados de las pruebas internacionales que intentan diagnosticar el nivel de lectura y redacción de los estudiantes. ¿Para qué si es notable que cada vez más personas no reconozcan la relación entre lenguaje oral y escrito, y, todavía menos, entre lenguaje y pensamiento? Este asunto no se queda ya en las aulas escolares (por mucho tiempo estuvo encerrado allí).

Por lo tanto, se requiere la intervención de sociólogos, educadores, psicólogos, comunicadores, médicos, historiadores, investigadores, dueños de periódicos y periodistas, las televisoras y la radio. Asimismo, mucha gente que escriba y hable, piense, explique, converse, relate, cuente. Es un enorme peligro este que nos amenaza y que parece que comienza a lastimarnos.

La autora es escritora y académica


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