Sandra Ojea Triquell adora viajar. Lo hace por amor a los conocimientos que adquiere en cada nueva parada. Esta fotógrafa española también ama la filosofía y la verdad.
Hasta el día de hoy ha visita Andorra, Francia, Italia, Suiza, Austria, Alemania, República Checa, Bélgica, Holanda, Inglaterra, Luxemburgo, Hungría, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, India, Vietnam, Tailandia, Laos, Islas Canarias (Tenerife, La Gomera, La Palma), Islas Baleares (Eivissa, Mallorca), Marruecos, Costa Rica y Panamá.
Presenta en el istmo su individual “Buscándome en la luz”, la que estará en la ciudad de David, del 14 al 28 de mayo, en El Rincón Español (entre calle C y D norte, avenida 9 de enero).
La inauguración de esta actividad, organizada por Casa Cultural La Guaricha y Sabores del Rincón, será el martes 14, a las 7:30 p.m.
Sandra Ojea Triquell
Fotógrafa española.
Sitios
Son 13 las fotografías que compartirá con el público. Las tomó entre los años 2016 y 2018.
La mayoría de las imágenes son del continente asiático: Tailandia, India y Laos, a excepción de dos que son de Marruecos.
Tituló su exposición “Buscándome en la luz” porque la luz es el elemento más significativo en la fotografía “y porque considero que es un componente crucial en mi camino hacia la realización del ser y un acompañante inevitable en el sendero a la conciencia absoluta, aspectos que no puedo separar de mi trabajo creativo y mi desarrollo individual”.
“La creación de uno es la misma epifanía de su estado interno y al reflexionar sobre la importancia de la luz me percaté de que todo es manifestado al ser expuesto a ella. Así, a través de la fotografía, aprendí de la inevitable conveniencia de la oscuridad y de ese papel tan importante que tienen las sombras para la construcción de una imagen”, comenta quien tiene 22 años y comenzó a viajar a los 18 años de edad.
Recorridos
La mayoría de sus viajes los hace Sandra Ojea Triquell a pie o en autostop (pedir aventón). Para cambiar de continente aborda un avión.
La experiencia de viajar a ese ritmo y forma “es enormemente enriquecedora y sorprendente. Supone también un gran ejercicio de confianza y paciencia. Caminar es una meditación para mí. El ser consciente de que avanzo en una dirección, con constancia, con mis propios medios y sin depender de nada ni nadie, me hace sentir libre”.
“Hacer autostop es un gran ejercicio de paciencia, a veces terriblemente agotador. Uno aprende a comprender que saber esperar es una gran virtud. He tenido momentos muy divertidos e intensos a nivel pedagógico, así como ocasiones incómodas y difíciles”, indica.
Respecto al autostop, ha habido momentos “en los que me he quedado colgada en medio de una autopista a las 3:00 a.m. sabiendo que voy a tener que pasar la noche en vela. Ocasiones en las que he dormido en la calle hasta que el sol empezara a regalarme sus primeros rayos de calor. Dormido con un ojo medio abierto para que no me roben la mochila. Lidiar con frío, lluvia, hambre…”.
“Cuando uno viaja de este modo uno se da cuenta de que hay mucha más bondad que maldad en este mundo. Hasta el día de hoy me he encontrado muchísimas más buenas que malas personas, y los recuerdos que llevo en mi corazón son el de todas esas personas que, sin conocerme, tras hablar conmigo un rato, me invitan a su hogar con sus familias, a compartir comida, a dejarme una cama donde dormir y un lugar donde asearme”, comenta quien estudió un bachillerato artístico del 2013 al 2015.
Está clara que todas las experiencias vividas “no hubieran sido posibles de no haber decidido viajar del modo en que lo hice. Pues el ir sin reloj, sin planes, sin expectativas, te da la oportunidad de abrirle los brazos a la vida y a todo aquello que ella decida traerte. Viajar de este modo te hace valorarlo todo, desde una ducha tras días de caminatas intensas, como el descanso de una cama o el poder oler tu ropa limpia, una buena comida o una cálida compañía”.
