Durante años fue uno de los productores independientes más visionarios de Hollywood. Podía construir o destruir carreras en el mundo del cine y la televisión. Era venerado y temido. Meryl Streep dijo una vez que era “Dios”.
Pero a una semana de cumplir 68 años, la severa sentencia a 23 años de prisión anunciada ayer contra Harvey Weinstein, condenado hace dos semanas por la agresión sexual de una mujer y la violación de otra, sella su descenso a los infiernos.
Desde octubre de 2017, Weinstein fue denunciado por acoso, agresión sexual o violación por más de 80 mujeres. Las actrices Ashley Judd, Gwyneth Paltrow, Kate Beckinsale, Uma Thurman y Salma Hayek lo acusaron de acoso o agresión sexual. Asia Argento, Rose McGowan y Paz de la Huerta, de violación. Mira Sorvino y Ashley Judd aseguran que acabó con sus carreras porque no cedieron ante su acoso.
Pero ayer, al pedir clemencia al juez James Burke, Weinstein no pidió perdón ni mostró arrepentimiento.
“Estoy totalmente confundido”, dijo, sugiriendo que era víctima del movimiento #MeToo y de una suerte de caza de brujas que comparó con la persecución de comunistas impulsada por el senador estadounidense Joseph McCarthy en la Guerra Fría.
“Fui el primer ejemplo y ahora hay miles de hombres siendo acusados. Estoy preocupado por este país”, añadió.
Muchas mujeres contaron que el colérico e impaciente Weinstein las citaba en cuartos de hotel, donde las recibía en bata de baño y las invitaba a dar o recibir masajes y a que lo vieran masturbarse.
Se prevé que Weinstein será encarcelado en Nueva York. Pero su saga no ha terminado: apelará la sentencia y enfrenta otra inculpación por agresión sexual y violación en Los Ángeles.
